jueves 25 de agosto de 2011

La Novia del Dragnor (Adaptación oscura de Caperucita Roja)

        En un pueblo al norte de la vieja Europa, bordeando un bosque de espesa fronda, vivía una madre y una hija. Como era habitual cada fin de semana, la madre preparó una cesta con rojas manzanas, carne seca, un buen trozo de queso y pan recién horneado. Pero su ánimo aquella tarde estaba pesaroso, y se quedó mirando el avío llena de dudas.
            —¿Vas a poner algo más en la canasta?, ¿puedo irme ya? —preguntó la hija, mirándola con sus candorosos ojos verdes y una vivaz sonrisa.
            La mujer la contempló y la encontró preciosa; llevaba puesta la caperuza roja que le había regalado en su último cumpleaños, el número catorce, y los claros rizos se le asomaban por debajo de la capucha.
            —Está lista. Dale un beso a tu abuela de mi parte. —Su voz sonó inquieta, y al entregarle la cesta no soltó de inmediato el asidero—. Mi pequeña Caperucita, ten cuidado al cruzar el bosque. Se acerca el solsticio de invierno y tú sabes que en estas fechas siempre desaparece algún inocente…
            —Pero, Madre… ¿No creerás que las historias que se cuentan sobre la Novia del Dragnor son ciertas! 
            La mayoría de la gente del pueblo creía en la existencia de aquel personaje. Decían que era una bruja que en la llegada de cada invierno se llevaba a una joven para ofrendarla a su señor, un demonio de bestial aspecto.
            Pese a los resquemores de la madre, Caperucita se marchó, prometiendo que si la alcanzaba la noche pernoctaría en casa de la abuela y retornaría al día siguiente. Ella no tenía miedo; conocía el bosque como la palma de su mano. En ocasiones, en el camino se topaba con más de algún leñador que la saludaba con cariño, pues la conocían desde pequeña. Pero esa tarde no había visto a nadie y le pareció que los pájaros y animalillos del bosque estaban muy quietos y silenciosos. Faltando un par de millas para llegar a su destino, la seductora voz de un hombre la sobresaltó:
            —¿Adónde vas, Caperucita?
            Alzó la vista hacia su derecha, y entre las ramas de un viejo fresno vio a un hombre. El desconocido saltó al camino con gran agilidad y se enderezó frente a ella. Caperucita se quedó muda, no del temor sino por la apariencia del individuo: tenía unos ojos endiabladamente bellos, azules y profundos como una noche iluminada por la luna, y un rostro armónico, blanco como el alabastro, que a ella le pareció perfecto. El cabello liso y oscuro le caía al sujeto sobre los hombros; y vestía un traje de terciopelo negro que le daba gran prestancia.
            —¿Quién eres? ¿Es que, acaso, me conoces? —preguntó, maravillada.
            —Mi nombre es Antón de Drest —se presentó—. He adquirido unas tierras al otro lado del bosque y me he mudado hace poco. Suelo venir a pasear durante el atardecer; algunas veces te he visto y escuchado conversar con los leñadores. Sentí el irresistible deseo de conocerte y charlar un rato. Espero no haberte asustado y que mi compañía no te sea molesta —agregó, cautivándola con su sonrisa. 
            La cortejó el resto del camino, y la conversación fluyó fresca y graciosa. Mas antes de salir de la arboleda, Antón pidió a Caperucita que no hablara con nadie sobre él, pues no deseaba revelar aún su presencia en el pueblo. Se despidieron con una sonrisa, prometiendo volver a encontrarse.
            El resto del camino, a Caperucita, le pareció como si pisara sobre motas de algodón. Sin darse cuenta, se había sumido en sus primeras fantasías románticas. No sintió el paso del tiempo cuando ya estaba ante la cabaña de madera. Recogió la llave de debajo del tapete, abrió la puerta y entró.
            —Hola, mi Caperucita, te esperaba —dijo la abuela, en tono amoroso.
            Era una mujer que bordeaba los cincuenta años, de rostro pálido y cabello rubio matizado por las canas. Estaba sentada frente a una mesa, con las manos entrelazadas.
            —¿Qué tal, abuelita? —Caperucita dejó la cesta a un costado y al volver a mirar a la abuela percibió una profunda melancolía en sus ojos—. ¿Estás bien?
            —Bien, mi tesoro. Es sólo la llegada del invierno que entristece mi corazón. Tú sabes que pronto se cumplen veinte años de la muerte de tu abuelo —dijo, decaída—. Ven a darme un abrazo.
            La noche cayó pronto, y Caperucita decidió dormir allí. Como en otras ocasiones, ocupó un estrecho pero cálido cuarto. Mas despertó varias veces creyendo que una maligna sombra acechaba alrededor de su cama; y a instantes, le pareció escuchar la balbuceante voz de un hombre en el dormitorio de su abuela.
            —Anoche creí oír voces. ¿Había alguien más contigo? —preguntó, intrigada, durante el desayuno.
            —¿Alguien más?... ¡Qué extraños sueños has tenido! —exclamó la abuela con una suave risilla, y no le dio mayor importancia.
            Antes de que Caperucita se marchara, habiendo olvidado ya la misteriosa noche, la abuela le dio un gran abrazo y un beso y la acompañó hasta la puerta. Mientras la mujer, de pie en el umbral, contemplaba cómo su nieta se alejaba, una infausta sombra se apoderó de su rostro; y en voz baja y oscurecida, dijo:
            —Así que ya has escogido a tu víctima…  No será fácil esta vez, pues le tengo gran afecto. Mas a ti, mi amado Dragnor, no puedo negarte nada.
           
            Los días siguientes, Caperucita se vio presa de una terrible ansiedad; lo único que ocupaba su corazón era el deseo de volver a ver a Antón. Sin que su madre se enterara, se escapó varias veces al bosque esperando encontrarse con él; pero sólo se topaba con los leñadores, y, extrañamente, se desesperaba al sentir que si no lo volvía a ver moriría. Mas para su fortuna, o desdicha, en el siguiente viaje a casa de la abuela su anhelo se cumplió; y Antón de Drest se mostró tan ansioso como ella por el encuentro.
            —Paseemos un rato por el bosque —sugirió Caperucita, con coquetería.
            —Ahora no puedo; tengo algo que hacer… Aunque, no demoraré demasiado en mis asuntos. Si lo deseas, date prisa en casa de tu abuela y vuelve a este mismo lugar al caer la noche. Estaré esperándote.
            Ella no contestó al instante, pues le costó desprenderse de los seductores ojos de Antón y se sintió sobrepasada por las sensaciones nuevas que la oferta le había provocado.
            —Mi madre se extrañará si regreso tan tarde… ¿No será peligroso?  —preguntó luego, intentando ocultar su excitación.
            —Puedes regresar a tu casa mañana temprano, decirle a tu madre que te quedaste a dormir junto a tu abuela. Prometo protegerte bien; además, puedo enseñarte lugares y bondades de este bosque que sólo se disfrutan bajo la luz de la luna. 
             Ella sonrió sin decir nada, pero la fascinación que le bullía dentro desbordaba por su fresca mirada. Un destello de varonil triunfo resplandeció en el rostro de Antón.



            La víspera del solsticio de invierno llegó; y algo más tarde de lo acostumbrado, cuando el sol ya había apagado sus fuegos en el horizonte, Caperucita caminaba una vez más a casa de su abuela. Su madre había accedido a aquella visita inesperada, sólo porque un leñador había comunicado que la mujer no se encontraba bien de salud. Al llegar a la cabaña al otro lado del bosque, Caperucita la encontró tendida en un sofá, con lágrimas en los ojos.
            —Abuela, ¿qué te ha ocurrido?, ¿qué mal te ha aquejado? —preguntó, aunque su rostro lucía inexpresivo.
            —No es un mal del cuerpo, sino del alma —explicó, suspirando—. Hoy es el aniversario de la muerte de tu abuelo. Nadie lo sabe, pero cada año me interno en el bosque y suelo caminar hasta el lugar donde encontraron su cuerpo, para depositar allí un ramo de flores —indicó un pequeño atado de geranios blancos que yacían sobre la mesa—.  El dolor de mi corazón cada vez es mayor y me temo que no seré capaz de llegar sola. ¿Me acompañarás, mi tesoro?
            —¿A estas horas?, ¿por qué no vamos mañana? —cuestionó Caperucita.
            —¡Oh! Mañana ya no tendrá sentido… es importante para mí. ¿Me acompañas, por favor?
            —Por supuesto, abuela —contestó la nieta, sonriendo, pero con la misma expresión fría con la que llegara.
            Las dos salieron de la cabaña envueltas en las primeras sombras de la noche. Al cabo de una hora, llegaron a un sendero que Caperucita jamás había visto.
            —¡Qué extraño! Nunca supe de este camino.
            —Es una senda que muy pocos han de conocer. Hace veinte años, tu abuelo tuvo el infortunio de recorrerlo, intentando dar caza a un lobo de fenomenal tamaño; pero… —suspiró, y ninguna habló más.
            Caminaron hasta llegar a un extraño claro, donde la luz de la luna iluminaba una alta piedra que yacía en el medio. Alrededor, y entre los árboles, las sombras de la noche parecían velos danzantes de horrorosa frialdad. La abuela entregó el ramillete de flores a Caperucita, se acercó a la piedra y dejó caer su capucha.
            —Hemos llegado, mi señor —dijo—. Como cada año, vengo a cumplir mi promesa, mi prueba de lealtad.
            De entre los árboles, Antón de Drest apareció, trayendo junto a él la presencia de oscuros espectros de imprecisa forma, que se arrastraban a sus pies. Avanzó como un señor todopoderoso rodeado de tinieblas, y antes de llegar al centro del claro, su forma mutó. Nieta y abuela lo vieron transformarse en una gran bestia: un lobo negro de proporciones gigantescas y fieros ojos azules. La abuela se arrodilló ante él, y Caperucita lo contempló con gran asombro. Luego, los ojos de la mujer se volcaron a su nieta.
            —Lo siento mucho, mi tesoro… pues, mi señor aquí presente, El Dragnor, ha decidido tu destino: serás esta noche su cena —le dijo, con verdadera tristeza.
            —¡Oh, abuela! Has sido capaz de entregarme al Dragnor... Sin embargo, comprendo lo que una mujer es capaz de hacer por amor. No estés triste, ya que yo no lo estoy.
            Los espectros, en ese instante, saltaron hacia la abuela asiéndola con fuerza sobrehumana de sus brazos y  piernas, y la apoyaron contra la piedra.
            —¡¿Qué está sucediendo aquí?! —gritó la mujer, atónita.
            En ese momento, la voz del Dragnor se alzó como un trueno oscuro rugiendo en la noche.
            —Mi amada novia, me has servido bien, pero tu tiempo ha terminado. Este año he escogido a una nueva amante. Y si su sonrisa es más astuta que la tuya, vivirá mucho más que tú… en verdad así lo espero.
            La bestia contempló a Caperucita sosteniendo el ramo de geranios. Avanzó hasta ella y le lamió el cuello. La joven sintió que su cuerpo se encendía, y dejó caer las flores. Luego, el Dragnor le susurró al oído:
            —Aquí tienes a mi antigua amante, tal como te lo prometí en nuestra idílica noche. Yo te la ofrendo. Cumple el ritual y conviértete en mi deseada novia.
            Poseída por su deseo, Caperucita fue a buscar algo entre la hierba y la piedra; encontró un hacha mediana, preparada para la mano de una dama. Con expresión fría, mirando a su abuela gritar y gemir como un animalillo asustado, le dio el golpe mortal en medio del pecho. La sangre estalló, y gran parte de ella se absorbió en la caperuza roja. Luego, la joven metió su mano en la herida y arrancó de cuajo el corazón. Lo sostuvo, caliente y suave entre sus palmas.
            —Mi querida abuela, al comer tu corazón absorbo el poder que mi señor te otorgó y lo hago mío. Vivirás por siempre en mi interior. —Con gran emoción, mascó y mascó hasta devorarlo por completo; luego, con la boca ensangrentada, miró a su señor y le dijo—: Mi amado Dragnor, he concluido el ritual. Ahora te pertenezco y espero servirte bien. Cada año, en esta misma fecha, te daré prueba de mi lealtad. Gracias, gracias por el destino que me has regalado— dijo, con lágrimas de alegría en los ojos. 

2 comentarios:

  1. Uff. Qué revisión. Una revisión entre tinieblas, absolutamente gótica. Atrapa esta nueva Caperucita, como una soga.
    Un abrazo.

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  2. Me alegro que te haya gustado, así compruebo que sí cumple el objetivo y eso me pone contenta.
    Un abrazo grande!! :)

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