domingo 22 de agosto de 2010

Sonata de un adiós


¡Mi arpa, mi hermosa y adorada arpa!... Ella, que sonaba alegre como un manantial de primavera, hoy sólo fue un adagio de tristeza que resonó en mi interior y terminó por desatar mis tempestades. ¡Tantas ganas que tenía de sentirla cerca!, pensé que me conformaría con ello; mas en ese instante en que pude escuchar sus envolventes notas colándose por el rabillo de la puerta de mi encierro, trayendo luz a mi oscuridad, sólo un deseo me embargó por entero: ¡Quería que me llevara con ella! No me importó que no fuera una intérprete experta, ni que los sonidos que sacara de mí fueran quejumbrosos y poco afinados. ¡Si ella hubiese podido liberarme de este estrecho cuartucho maloliente!... Volver a sentir sus piernas apretadas a mi cuerpo habría sido estar en el cielo, volver a sentir su mano frágil recorriendo mi mástil, y la otra moviendo el arco de forma imprecisa para jugar con mis cuerdas, habría sido como morir en el más excelso y puro de los placeres, aunque el maestro ya no estuviera aquí para guiarla, para enseñarle la forma correcta de hacerlo.

—¿Dónde está Baptist? —preguntó mi arpa, y me estremecí al oír mi nombre. Ella no me había olvidado. Después de dos meses de la muerte del maestro, yo ya había perdido la esperanza de que viniera a buscarme.

—¿Te refieres a mi esposo?... De seguro está en el infierno, componiendo romanzas para los demonios. ¡El muy infame me dejó en ruinas! —respondió la trompeta destemplada, esa mujer chillona y estridente; siempre tan ácida y tan hiriente.

—Sabes bien que me refiero a su violonchelo. En su testamento me lo dejó. Vengo a exigir que me lo entregues —la encaró mi arpa, y su voz interpretó aquellas palabras con un mezzo-forte que me encantó.

En ese momento la campanilla de la puerta principal, en el primer piso, tintineó.

—Nunca voy a entender la manía que mi esposo tenía de ponerle nombres de persona a los instrumentos que poseía, especialmente al chelo… ¡bautizarlo con su propio nombre, hay que ver la locura…! —se quejó la trompeta mientras se ponía de pie—. Disculpa, querida. Estaba esperando a alguien. Vuelvo enseguida. —Su voz pareció más comedida que antes, pero de seguro se había enfrentado a mi arpa con su postura de reina, altanera y digna, aunque por dentro siguiera siendo la misma prostituta trepadora y vulgar del barrio Whitechapel, en Londres.

Luego que ella bajara por la escala, escuché a mi arpa caminar por la sala; tal vez se detuvo a contemplar la pintura que Bazille hizo para el maestro y para mí. Pude sentir en ese momento su alma, pude incluso intuir sus pensamientos; aquello fue una melancólica composición de recuerdos dolorosos, impregnados del vacío que deja el engaño. El maestro y mi arpa... ¡Con qué pasión y entrega se amaron! Fueron tan felices durante los años que estuvieron juntos, antes que él perdiera el rumbo, antes que los sueños que habían alcanzado fueran ultrajados por el ego, por la necesidad de fama y aplauso, por las asociaciones que él estableció con hombres pudientes que podían conseguir presentaciones en los lugares más prestigiosos de Europa, relaciones de negocios que exigían una desvirtuada vida social, llena de excesos. ¡El Maestro no era como ellos!, yo lo sé, yo lo conocí, lo sentí... él me hizo, me fabricó, me dio vida y también un nombre; él era un ser humano demasiado frágil, demasiado débil e influenciable...

Todavía recuerdo cuando el maestro y yo conocimos a mi arpa en el Covent Garden; el aún era un hombre pobre y carente de roce social, ni siquiera tenía dinero suficiente para retocarme el barniz con la frecuencia que yo requería. Recién habíamos conseguido un lugar en la filarmónica y, al terminar la función, ella estaba allí, detrás del escenario. Su presencia fue la más hermosa sinfonía que he escuchado en toda mi vida: sus ojos destilaban sonidos que parecían coros de ángeles, su risa le ganaba en hermosura a los trinos más perfectos de un piano y su cabello se movía al ritmo de los violines que sus modales y maneras hacían sonar en mi mente. No obstante, de su interior surgía aquello que se convertiría en mi inspiración de por vida; eran notas que parecían gotas de rocío generadas en un amanecer de quimeras, como el sonido de un arpa que cantaba las melodías más preciosas de la existencia. Me demoré en salir del estupor inicial que la música de su alma me producía, pero luego sentí a mi maestro turbado y contraído ante su juventud y belleza. Sin embargo, no sólo la hermosura de mi arpa había mermado la personalidad de él, sino también el oscuro sonido de un imponente contrabajo, el padre de ella, quien con descaro se atrevió a ofrecerle una gran suma de dinero para costear en secreto el capricho de su hija consentida, el de aprender a tocar el chelo; actividad impensada para una dama. Mi maestro no pudo negarse, aunque yo sé que fue más por miedo a él que por la atracción que sintió hacia ella. En ese entonces, él no habría tenido las agallas para abordarla. ¡Ja! Cómo se arrepintió aquel contrabajo de haberlo contratado, después, cuando mi arpa se fugó con el maestro. Lástima que nunca supo que la idea fue de ella… ¡Aaah! en ocasiones era tan intempestiva, como una melodía súbita que surge en un arreglo musical y cambia la obra en su forma y esencia. ¡Fue tan fácil para ambos enamorarnos de ella!

Al escuchar a la trompeta destemplada volver a la sala, mis recuerdos se derrumbaron; y supongo que también lo hicieron los de mi arpa.

—Mi visita va a esperar a que termine este asunto contigo —le dijo parcamente—. Te tengo una mala noticia. El chelo no está.

—¿Cómo que no está? —preguntó mi arpa, incrédula.

—El maestro lo incineró poco antes de morir.

—¡No!, ¡no puede ser! Él jamás... jamás habría hecho una cosa semejante!

—Lo siento, querida. Sus cenizas aún están en el patio. No quise mandar a que las limpiaran, por si venías, para que vieras por ti misma la locura en la que él cayó. ¡Imagínate! quemar un instrumento que valía tanto dinero —le dijo, actuando su mentira con virtuosismo. ¡La muy desgraciada! En ese momento comprendí por qué después de la muerte del maestro me cambió el clavijero y las cuerdas: fue para engañar a mi arpa.

—¡No! No puede ser, tengo que cerciorarme de que se trata de Baptist —La angustia en la voz de mi arpa fluyó en un nervioso tremolo. Casi pude ver cómo el candor y el brillo de sus ojos zarcos se velaban con la desilusión.

—Te lo enseñaré, sígueme —la instó la trompeta con tono victorioso.

Las dos salieron de la sala, y el silencio me trajo el presagio de que serían los últimos momentos cerca de ella. Fue allí cuando la culpa me poseyó, creando una desarmonía que me destempló por entero. ¡Tres años! Tres años desde que mi arpa abandonó a mi maestro; si ella hubiese sabido en ese momento cuanto él la amaba, lo arrepentido que estaba, lo habría perdonado a ojos cerrados; se habría quedado. Pero él nunca pudo expresar en palabras lo que era, en verdad, importante; padeció del mal de muchos músicos, que creen que con las notas bien puestas en una hermosa melodía lo dicen todo. Era tan poco dado a hablar de lo que había en su interior; y yo creía que ella, a pesar de comprender los sentimientos que él ponía en cada una de sus obras, aquella vez, sí necesitaba de las palabras profundas y sentidas que nacen del corazón.

Descubrir la infidelidad del maestro fue para mi arpa el quiebre de sus más bellas melodías, y yo… yo estaba enfadado, tan enfadado con él, también. ¡Cómo era posible que hubiera traicionado a mi arpa con esa vulgar trompeta destemplada, arpía manipuladora con la que después terminó casándose! Me enojé tanto que rompí la simbiosis con él y allí estuvo mi más grave error. Él creyó haber perdido su inspiración cuando mi arpa se fue; luego se desmoronó, se avergonzó y no supo cómo pedir perdón. Pasado unos días acudió a mí; pues sabía que ella lo entendería si se lo explicaba a través de la música; pero esa vez yo me negué a cooperar: de mí, sólo consiguió sonidos rudos y disonantes modelados por mi rabia. Ahora me arrepiento; ¡cuánto me arrepiento de haberlo dejado solo! Rehusé a ser su canal, su puente... ¡es que yo quería que él le hablara!, que dejara de refugiarse en mí y que fluyera en sus palabras como un río, como la música que deja salir tantos sentimientos sin contención, en una armonía vibrante y sincera; ella se lo merecía.

¡Mi maestro! ¡ay, mi pobre maestro!... tan sensible, tan hermoso de alma, pero tan débil ante el mundo. Perdió a mi arpa, a nuestra arpa, y su mundo interior se agrió hasta que su cuerpo se enfermó de leucemia. Yo escuché como nota a nota el dolor lo fue consumiendo; se fue apagando. Fue un morendo triste y lento.

Luego de estos lamentos, en la negrura de mi encierro, escuché nuevamente pasos por la escala. La trompeta destemplada entró primero. Pude imaginar la sonrisa de triunfo en su rostro; y, detrás, venía mi arpa, intentando reprimir un llanto explosivo.

—Toma, te regalo la pintura que Bazille hizo de mi esposo y su chelo, así no te vas con las manos vacías y podrás recordarlos, a ambos —le dijo la trompeta, fingiendo empatía hacia ella mientras descolgaba la pintura de la pared.

El llanto de mi arpa estalló finalmente en un fortissimo agitatto, como una tormenta que se desata con amargura incontenible; allí comprendí que, pese a todo, incluso después de su muerte, ella lo seguía amando; y yo, yo que era casi un pedazo de él, lo único que quería era permanecer a su lado para cubrirla con melodías que aplacaran su dolor.

Mi arpa y yo fuimos los únicos que realmente lo conocimos, lo comprendimos... y por obra de una vulgar trompeta barata, el consuelo de permanecer ella conmigo y yo con ella, nos fue negado. Me puse a llorar también, aunque no había mano alguna que sacara las tristes melodías que en ese momento me inundaban.

No hubo más sonidos que el de sus pasos bajando la escala; y yo me quedé sumido en el más frío y amargo silencio. Nunca me gustó el silencio, menos el que va de la mano de un adiós obligado.

No me di cuenta en que instante la trompeta destemplada volvió a la sala, junto a la visita que se había quedado esperando en el vestíbulo: un trombón de recio metal. Sumido en mi pena, tampoco tomé atención a la larga conversación que sostuvieron; ni me enteré del acuerdo monetario al cual llegaron, hasta que la escuché decir:

—Es un instrumento único, ya lo verá. Su cliente japonés estará complacido. Si me ayuda a mover la biblioteca se lo agradeceré. Detrás de ella está la pequeña bodega donde lo guardo. Usted sabe que un tesoro así conviene tenerlo lejos de miradas ambiciosas.

Ahora lo comprendo: “lejos”.... así que lejos de mi adorada arpa me voy, a derramar en espacios desconocidos las sentidas notas que en mi madera hoy se grabaron y, con certeza, cambiaran para siempre el sonido de mi voz.

2 comentarios:

  1. Hola!! Gracias por compartir!!

    Te dejo un relajante y cálido abrazo de luz.

    Beatriz

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  2. Hola aza!! Soy la Gabriela (GabyEscritora) sabes amiga?? ya me lanzé a subir mis escritos en blog, no queria decirte antes para darte la sorpresa y bien dicen por ahí que la tercera es la vencida. Pásate si deseas, es que necesito críticos xD

    jejejeje bueno, un saludo.. ya colgué el primer capítulo, espero que me dejes tu huellita. Por mi parte, me comprometo a leerte tan pronto cuando termine el cuarto medio. Ya falta poquito :)

    Nos vemos!!

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