
Corría velozmente y sin mirar atrás. La lluvia mojaba su rostro impidiendo distinguir así cuáles de aquellas gotas eran fruto del aguacero y cuáles lo eran del llanto provocado por la desesperación. La había perdido. Se la habían llevado sin dejar rastro alguno tras de sí y tan solo el recuerdo de su aroma guiaba sus pasos. La encontraría. Lo había prometido y así lo haría.
El corazón le apretaba el pecho y el aire que entraba por sus pulmones era más bien escaso pero no importaba, solo el pensar en ella le proporcionaba aliento suficiente para continuar. Eran sus labios los que ansiaba besar cada mañana, era su piel la que deseaba rozar cada noche y era su voz la que anhelaba escuchar el resto de sus días.
Siguió corriendo mientras buscaba alguna pista por pequeña que fuera al tiempo que acariciaba su espada dulcemente extrayendo de ella el valor necesario para enfrentarse a los Ángeles de la Noche. Eran seres despiadados que robaban bellas mujeres y las sacrificaban como ofrenda al Rey de la Oscuridad. Sheera era una de esas mujeres pero si Dux tenía algo claro, era que nadie ni nada iba a sacrificar a su amada.
Estaba bebiendo algo de agua, cuando vio una luz no muy lejos de donde se encontraba. Era como una estrella caída del cielo que ha perdido su rumbo y busca el camino de vuelta. Dux siguió el halo de su destello y pronto se halló frente a una tenebrosa construcción de piedra tan fría como el hielo y tan oscura como la noche. Lo había encontrado. Ese era el escondite de los malditos Ángeles. Ahora solo necesitaba un plan y debía ser bueno, porque tendría que enfrentarse él solo a una manada de espíritus sedientos de sangre humana, rescatar a Sheera y procurar no acabar como una gigantesca patata aplastada. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo y supo que era el momento. Haciendo acopio a su honor y bravura se introdujo por una pequeña abertura y tomó a las sombras como aliadas para ocultar su presencia. Cuando sus ojos se habituaron a la oscuridad, giró en todas direcciones para hallar a quien había ido a buscar.
Allí estaba, tan bella como la recordaba. Ni las magulladuras ni el cansancio habían hecho mella en su esplendor. Tomó aliento y blandiendo su espada se dirigió hacia ella. Cuanto más cercaba se hallaba de su destino más fría le parecía la estancia. Sabía que lo estaban observando pero no importaba, lo lograría, llegaría hasta ella. En ese momento Sheera posó sus almendrados ojos sobre él.
- ….. Anything you want, you goy it, any thing you need, you got it….
La maldita alarma del despertador lo arranco del sueño sin piedad. Se quedó un rato más inmóvil y mirando al vacío mientras la canción de Roy Orbison seguía sonando incansable. Había vuelto a soñar con ella. No sabía si era una pesadilla o un gran sueño. El caso es que volvía a ser Daniel, y Daniel no tenía ni espada, ni chica, ni seres malignos contra los que luchar. Tenía una vida, por supuesto, pero desde luego nada parecido a lo que su otro yo , Dux, vivía cuando las luces se apagaban y la magia inundaba su almohada.
Al fin se decidió a levantarse y comenzar una jornada más. Sus días eran muy intensos pues tenía tres trabajos mal pagados a los que tenía que asistir irremediablemente ya que era su padre quien lo regentaba todo. Sin mucha motivación salió de casa dando un portazo tras de sí no sin antes recitar su frase favorita como cada mañana hacía.
- Dani, no hay momento peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.
Era solo una frase si, pero reinaba y dominaba sus días pues lo que más añoraba eran sus sueños, aquello que en realidad nunca sucedía. Deseaba ser ese caballero que libraba mil batallas y se enfrentaba a espectros él solo con la única compañía de su espada. Ansiaba tener ese valor de poder enfrentarse a lo que fuese sin miedo alguno. Sin embargo, a quien más añoraba era a ella, a Sheera, la joven que en un tiempo sí fue real, que lo acompañó en los locos viajes de la infancia y con quien compartió secretos que nadie podría ni imaginar jamás. Era ella, su musa, su aliada, su confidente, su amiga más preciada y más llorada tras su trágica muerte. Seguramente, un psicólogo diría que Daniel no superó la ausencia de su compañera y para contrarrestar ese dolor y no caer en una profunda depresión, su cabecita maquinaba cada noche una historia en la que ella volvía a cobrar vida y daba rienda suelta a sus pasiones. Pero él era muy consciente de lo que había pasado; no, aquello no era ningún mecanismo de su cerebro. Aquello era tan real….Era como si ella tratase de comunicarse por medio de aquellos juegos inacabados que un día dejaron atrás. El sentimiento de tenerla cerca era más fuerte cada noche así como más fuete era el dolor cada mañana al despertar. Tal vez se estuviese volviendo loco o tal vez solo necesitaba divagar, el caso es que se pasaba el día pensando en ello y eran estos pensamientos, los que hacían de sus horas de trabajo un lugar más habitable para su soledad.
- Un día menos – se dijo a sí mismo mientras entraba en el viejo bar al que siempre acudía día tras día, año tras año.
- Hola Dani- le dijo afable el camarero- ¿lo de siempre?
- Si, ¿para qué cambiar?- contestó Dani simulando una cansada sonrisa.
El camarero le sirvió un whisky y le dejó absorto en sus pensamientos. Para cuando se quiso dar cuenta, era ya la hora de cenar así que dejó una generosa propina y se dirigió de nuevo a casa. Como cada tarde, abrió el buzón que no solía contener más que facturas a pagar y propaganda de productos absurdos. Cogió el correo y mientras esperaba al ascensor,se detuvo a mirar un sobre pequeño sin remitente ni matasellos. Le dio la vuelta para averiguar a quién iba dirigida y sus ojos se quedaron clavados en aquel nombre: DUX.
Un millón de dudas y preguntas se pelearon por captar la atención de su mente pero él solo podía pensar una cosa: “abre la carta”.
En cuanto entró en su habitación, cerró la puerta con pestillo, se sentó en el borde de la cama, se encendió un cigarrillo y con sumo cuidado desprendió el adhesivo del sobre.
Querido Dux:
Siempre que cierres los ojos, allí estaré. Siempre que invoques mi nombre a ti acudiré. Estamos unidos por un vinculo tan fuerte que nadie excepto tú mismo puede romper. Necesitas de mí tanto como yo necesito de ti pero de nada sirve si todo cae en el olvido. El propósito de esta carta no es otro que el de pedirte que no abandones, no desistas. No permitas que el mundo “real” engulla tus sueños, tus esperanzas, tu imaginación. Solo tú puedes salvarme, solo tú puedes hacer que no muera, solo tú tienes la llave de nuestro mundo. Pd: Recuerda que siempre me hallarás en el crepúsculo de los sueños.
Silencio. La habitación se llenó con un pesado silencio que daba miedo quebrar. Lentamente Dani se recostó sobre la cama y comenzó a divagar. “ ¿Qué significaba aquello? ¿Quién lo había escrito?, ¿Se trataría de una broma?.”
Barajó las posibilidades y decidió que una broma no podía ser; nadie conocía a Dux. Además, todo eso de los sueños… solo había una persona que podría saber de ellos pero ella ya no estaba. ¿Qué locura era aquella?Le dio vueltas y vueltas a la cabeza pero nada coherente salió de ella. Finalmente decidió acostarse y olvidarse del tema al menos hasta el día siguiente.
- ….Dux…- suspiró Sheera al tiempo que éste le cortaba las ataduras de las manos con sumo cuidado -¡ Has venido, me has encontrado!
- Claro que te he encontrado. Sabes que nunca dejaría que te sucediese nada malo aunque no tengo muy claro cómo vamos a salir de aquí ... ¿Sabes cuántos son?
- No…Me golpearon la cabeza y cuando quise abrir los ojos ya estaba aquí, atada y sin nadie a mi alrededor. Si estás en silencio y escuchas atentamente, se pueden oír susurros espeluznantes que parecen provenir de todas partes a la vez. Es imposible saber cuantos son….
La voz de Sheera quedo apagada por un grito ensordecedor. Instintivamente, ambos se agacharon quedando así sus cuerpos entrelazados. Dux la miró intentando atrapar ese momento, que podía ser el último, deteniendo así el tiempo por un instante. El mundo desapareció y tan solo dejó ante sus ojos la magia indescriptible que aquella muchacha desprendía.. Tomó una decisión. Puesto que lo más probable fuera que sus horas habían llegado y no tendría más oportunidad de estar tan cerca de ella, se acercó aún más y buscó a tientas sus labios intentando rozarlos suavemente. Un hormigueo recorrió su cuerpo y una extraña calidez lo invadió. Iba a acariciar su cuello cuando ella le dijo:
- Prométeme que no me abandonarás, que no me dejarás morir. Yo te esperaré aquí siempre, en el crepúsculo de los sueños.
Daní dio un brinco en la cama y se encontró a sí mismo sudando y temblando. Aquellas palabras….Se levantó de un salto y abrió el cajón de su mesilla. Cogió la carta y la releyó. Ahí estaban, las mismas palabras.
Sin saber cómo ni por qué, cogió un taco de folios y comenzó a escribir todo cuanto recordaba de sus sueños. Las palabras fluían por el papel como si el bolígrafo las estuviese escupiendo. Puede que fuese un acto de locura o de insensatez, pero cuando el sol le anunció por la ventana que debía ir al trabajo, llamó a su padre para decirle que estaba enfermo y no podría ir en un par de días.
Durante esos días, Daniel no comió, no durmió, no hizo nada salvo escribir y escribir. En realidad no era Daniel, sino Dux quien relataba sus aventuras, sus experiencias, sus emociones; era Dux quien describía a Sheera, quien la hacía revivir una y otra vez a través de los relatos. Era la princesa de un cuento sin final en el que no existían coches ni conductores borrachos. No, solo había magia y mil sueños por compartir.
Al tercer día, Dani llamó a su padre para pedirle un favor. Sabía que al trabajar en los medios de comunicación tenía contactos que podrían echar un vistazo a la pequeña obra que había escrito. Al principio su padre pensó que seguía enfermo y estaba delirando pero ante la insistencia de su hijo, finalmente aceptó.
Los días y los meses pasaron hasta que un día, le dieron la noticia de que el libro sería publicado. Se quedó bloqueado, paralizado y sin saber qué hacer. Lo había logrado, había cumplido su promesa no dejando que Sheera muriese de nuevo. Ahora todos podrían conocerla y enamorarse de ella como él había hecho. “Necesitas de mí tanto como yo necesito de ti”. Esa frase vino a su mente como un relámpago. Si, era cierto, pero Dani llegó a la conclusión de que él la necesitaba más a ella, pues gracias a esa maravillosa historia que había escrito, su vida había cambiado por completo. Ya no era un fantasma que vagaba por la vida sin saber qué sentido tenía. Ahora tenía las riendas de su vida bien cogidas y no las iba a soltar. Se había hecho fuerte y sabía lo que quería. Ya no era uno más, era él mismo.
Durante un año, siguió abriendo el buzón con una mezcla de miedo y excitación pero nunca más volvió a recibir ninguna carta dirigida a Dux. Nunca supo quien se la mandó pero tampoco intentó buscarle una explicación. Era su secreto y su tesoro más preciado, bueno ese y los sueños que continuaba teniendo noche tras noche en los que todo podía suceder y de los que ya no tenía nada que añorar.
Seguramente, un psicólogo diría que en un acto inconsciente, él mismo se mandó aquella carta para poder ver un poco de luz entre tanta oscuridad y poder expresar libremente lo que tanto tiempo llevaba callando. La posibilidad de escribir sobre su amiga le proporcionaba la excusa perfecta para desatar los sentimientos que de tanto guardarlos le estaban consumiendo. Y por fin, una vez superados sus miedos, podría seguir adelante con su vida y romper la monotonía a la que él mismo se había encadenado. Sin embargo, hay veces que es mejor dejar la lógica a un lado y permitir que la magia y la imaginación guíen por unos instantes nuestros caminos.
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