Este relato fue escrito por Degonbeen, compañero del foro de fantasía del cual participo, para el quinto reto, en el cual le toqué como tarea, osea, escribir una historia basada en mis gustos y mi persona. Salió una historia alucinante, con una visión algo diferente de lo que soy, pero que sin duda me gustaría llegar a ser, jeje! Una maravilla de relato, del cual me siento contenta y honrada!! Gracias Degonbeen!!
El sentido animal de Azaharys
(por Diego Figueiras)

A su alrededor, los médicos atendían a los heridos, los soldados cargaban con los cadáveres de los muertos y los familiares de las víctimas corrían por las calles luciendo un pánico contagioso.
Mientras, una fina línea de luz asomaba por el horizonte, derramando un chorro anaranjado que le daba a la destrozada ciudad un tono todavía más tétrico. Ceniza y fuego; ruinas y cadáveres; sangre y terror. Todo en un mismo contexto.
Aquel paraje resultaba desalentador para cualquier corazón.
—¿Qué te trajo a este campo de batalla?
Azaharys, sumergida en sus pensamientos, no advirtió la presencia de un mercenario escondido entre los montones de escombro. La muchacha no sabría decir si el hombre estaba ahí en busca de reposo tras la ardua batalla o si había tomado posición en esa zona para continuar luchando ante la inminente llegada de los enemigos.
De todas formas, Azaharys no le dio importancia a la presencia del mercenario. Ignoró su pregunta y continuó tarareando mientras acariciaba las cuerdas del laúd. En ese momento nada ni nadie importaban.
—No pareces nativa de la zona. Si yo fuera tú, abandonaría este lugar. Aquí ya no queda nada por lo que luchar.
Aquella pregunta desconcertó ligeramente a Azaharys. Tal vez a causa de la conmoción que estar a las puertas de la muerte provocaba, la joven no pudo evitar replantearse el motivo por el que estaba allí…
Recordaba que siempre había sido una joven muy pícara. Frecuentaba los bosques y las montañas de su villa natal, cantando a los pájaros y narrando historias a los árboles. Los animales acudían a ella fervientes de oírla emplear su dulce y hermosa voz, y los robles parecían alzarse radiantes ante la presencia de la niña. Su orfandad siempre la había obligado a robar comida a los vecinos del pueblo y vivir bajo los fríos callejones. Cuando se sentía triste, siempre evocaba su estado de humor empleando su hermosa voz. Cantaba a los aldeanos y a los niños, y estos, al oírla, adquirían de inmediato las emociones que ella transmitía al entonar su música.
Por algún tipo de don, la joven Azaharys siempre tuvo la capacidad de cautivar a cualquier ser humano con su canto. La gente le dejaba dinero tras llorar a causa de sus baladas, o tras reír gracias a sus reconfortantes cánticos.
No tardó en reunir una pequeña fortuna empleando su extravagante don. Con el dinero ganado consiguió pagarse una plaza a bordo del “Atlantis”, la magnífica fragata del capitán Hamberg. Decían que la diligencia de su capitán era directamente proporcional a la potencia de la nave. Tal fue la maestría del marinero, que de ser un humilde bucanero acabó encontrando su verdadera vocación, engendrado por las tentativas de su padre: ser un estrafalario pirata.
Durante su estancia a bordo del Atalantis, Azaharys confraternizó muy bien con los marineros. Les dedicó numerosas canciones y entonó infinidad de melodías para saciar el alegre espíritu de los tripulantes. También aprendió cánticos marineros, y acabó vociferándolos con la misma vehemencia con la que lo hacían los fervientes piratas. El capitán del Atlantis, un hombre apasionado, macabro y extremadamente desconfiado, nunca llegó a sentir tanto aprecio por otra persona como lo hizo por Azaharys.
Compensaba los malévolos sermones con los que su padre contaminaba su mente escuchando las baladas de la joven, y cuando entablaba algún saqueo contra los honrados comerciantes, siempre le pedía a Azaharys que levantara la moral de sus hombres tocando alguna melodía pirata.
Sin embargo, el capitán era un sujeto más extraordinario de lo que aparentaba. Cuando los mares se revolvían con furia entorno al Atlantis, Hamberg se colocaba de pie sobre la proa, alzando los brazos con furia y rugiendo al compás del viento. Su alocado gruñido, por algún extraño motivo, siempre lograba apaciguar las aguas y devolver la templanza al ambiente. Sus marineros deploraban con un creciente fanatismo cada una de las heroicas pero extravagantes intervenciones de su capitán ante el mar, y aunque sus espíritus piratas no se lo permitían reconocer, sentían cierto miedo hacia Hamberg.
Pasaron los años y la joven Azaharys pasó de ser una niña siniestra a convertirse en una atractiva mujer adulta. Los sentimientos de Hemberg hacia ella crecieron junto con los años, y su buen físico contribuyó al enamoramiento del pirata.
Un día, mientras Azaharys se bañaba en su privilegiado camarote, el hidalgo pirata entró con sigilo y la contempló con regocijo. Ella, tras advertir la presencia del capitán, se ruborizó a la par que se envolvía en una toalla para tapar sus intimidades. Con el agua hirviendo sobre su sonrojada piel, la muchacha preguntó:
—¿Quería algo, capitán?
El hombre se acercó aun más, de forma paulatina y suave. Llegó a acercarse tanto que incluso percibió el calor que el cuerpo de la joven irradiaba. Entonces, mientras le acariciaba el chorreante pelo, le susurró:
—Tengo algo que contarte.
Azaharys lo miró a los ojos, sustituyendo su vergüenza por pasión.
—¿De que se trata? —preguntó con una voz seductora.
El capitán, tras intuir las intenciones de la joven, retrocedió un paso entornando los ojos y dijo:
—Eh…se trata sobre tu extravagante don.
—¡Ah! Era eso… —Azaharys no supo si estaba avergonzada o decepcionada—. ¿Y que pasa con mi don?
—Que yo tengo uno igual.
Tras eso siguió una tensa y desconcertante pausa.
—Verás, Azaharys. Mi padre pertenece a una extraña secta fanática de…gente con poderes inéditos. Los miembros de esa secta son llamados los Xinëf. Sus características abarcan un amplio abanico de poderes; pueden convocar determinados factores de la naturaleza: al mar, al viento, a la luminosa luz del sol…o al sonido —dijo mirando a la joven de soslayo—. A la larga, todo Xinëf debe abandonar la cómoda residencia de la secta y buscar su sentido animal.
—¿Sentido animal
—Si. Es el destino que tienen reservado como motivo de sus poderes. Y según dice la leyenda, cuando un Xinëf cumple su sentido animal, se transforma en una criatura extraordinaria. Ese es el objetivo de todo Xinëf… y el objetivo que debes encontrar tu —finalizó el capitán dándole la espalda a Azaharys para permitirle ponerse la ropa.
—¿Y cómo es posible que yo sea una Xinëf? Yo tengo este don desde que soy niña, nunca he pertenecido a ninguna secta. Ni siquiera tengo padres. Murieron cuando yo era muy pequeña, de una forma que a día de hoy desconozco.
Hamberg ensombreció el rostro.
—Acompáñame a la cubierta —murmuró con un hilo de voz.
Azaharys lo obedeció y lo siguió tras haberse vestido. Llegó a la cubierta del barco, escrutando un hermoso ocaso en el horizonte. Entonces se percató del rostro del capitán: enaguado en lágrimas.
—El motivo de que poseas esos poderes se debe a que eres una bastarda Xinëf. El resultado de la mezcla de un Xinëf puro con una persona normal. Las bastardas como tu deben ser ejecutadas. Por eso murieron tus padre; el secreto de nuestros dones pueden ser descubiertos por causa de vuestra existencia. No podemos permitir eso.
Hamberg se acercó a Azaharys, desenfundando su cimitarra de pirata y aproximando su filo al cuello de la joven y hermosa mujer.
—El líder de la secta me ha prometido concederme un ducado si consigo darte muerte. Mi padre opina que debo ejecutarte cuanto antes… —Entonces la miró a los ojos, derramando dos gruesas lágrimas a la vez que una espesa tormenta se cernía sobre el Atlantis, reflejando el dolor que sentía el capitán.
Azaharys no pudo por menos espantarse y ceñirse a la idea de que iba a morir. No se podía creer la forma y el motivo por el que iba a ser ejecutada, y menos a manos de quien.
—Sin embargo, yo opino que ese no es mi estilo —añadió el pirata enjugándose las lágrimas.
Y sin más preámbulos, asió a Azaharys por el brazo y la lanzó al agua, siendo ella engullida por el fiero oleaje.
Irónicamente, la honradez del pirata había vencido a la ambición. Justo cuando la joven creía que iba a morir ahogada, las aguas se calmaron casi al instante y la tormenta se disuadió como por arte de magia. Lo último que contempló antes de alejarse a nado fue una figura alzada sobre la proa del Atlantis…
Pasaron los años y Hamberg consiguió obtener su ducado. Se cambió el nombre por el de Duque de Öucher, y, siguiendo las hipnóticas palabras de su malvado padre, comenzó una desorbitada campaña militar para conquistar las tierras de Ëingard y convertirse en uno de los hombres más poderoso del mundo. Por otra banda, la muchacha averiguó cual era su sentido animal: combatir las malvadas hordas de su ahora enemigo Duque de Öucher. Pasaron muchos años hasta que su deber la obligó a acudir a la capital de Ëingard para encararse a su enemigo. Pero no contaba con que el rumbo de la batalla corriera en su contra.
Azaharys, tocando de forma lenta y acompasada su fiel laúd mientras recordaba los sucesos que la llevaron allí, volvió de golpe a la realidad cuando una de las cuerdas de su instrumento se rompió.
Desconcertada, volvió la cabeza hacia el horizonte, escrutando como la luz del amanecer iluminaba al ejército enemigo aparecer por una cercana colina. Entre las ordenadas filas que formaban los invasores, resaltaba la figura del padre del duque, el señor Nekot, alzado sobre su oscura cabalgadura y ataviado con una gruesa armadura. Colocándose al frente del ejército de su hijo, penetró a través de los destrozados muros de la ciudad, esparciéndose junto con sus soldados por las calles en ruinas y abatiendo con saña las escasas defensas de Ëingard.
Azaharys, aprovechando el caos que se formó con la aparición de las fuerzas enemigas, se escabulló por entre las tropas de Öucher como una liebre y huyó de la ciudad.
Su rumbo era la carroza del duque. Debía encararse de una vez por todas contra su amado enemigo.
Divisó la carroza a un kilómetro de la batalla. Era gris, cuadrada y grande, del tamaño de una casa. Unos veinte guardias se mantenían vigilantes con pose diligente ante las monturas.
Era un problema menor que podía solucionar sin contratiempos.
Antes de que pudieran dar la señal de alarma a causa de la presencia de la joven, esta ya había entonado una acompasada canción que sumió a los guardias en un profundo y placentero sueño. Con una sonrisa en los labios, la pícara Azaharys se armó con la espada de uno de los guardias y arremetió contra la cerradura de la puerta.
Allí, de espaldas y apostado ante un destartalado órgano musical, estaba su querido Hamberg.
Desaliñado, con un traje negro y elegante y un rostro embriagado de dolor, el antiguo pirata tocaba una triste sinfonía en el órgano, produciendo deprimentes pero hermosas notas.
—Me he pasado años intentando imitar ese cautivador sonido que produces con tu voz; más no lo he conseguido ni una sola vez —dijo el duque derramando dos lágrimas sobre el teclado de su órgano. No le había echo falta ni volverse para intuir quien había entrado por la puerta.
—Hoy todo habrá acabado.
El duque profirió en una honda carcajada. La muchacha sabía que no tenía muchas posibilidades de derrocarlo. Sin embargo, debía intentarlo por el bien de todos…
De pronto, un alarido de triunfo irrumpió en el campo de batalla. Trompetas, tambores, hogueras y horcas sonaron a lo lejos. Las tropas del duque habían ganado. Ëingard había sido conquistada al fin.
La muchacha sacó la cabeza por una de las ventanas de la carroza para observar el panorama. Un inmenso dragón rojo surcaba los cielos con elegancia. “¡Lo he conseguido, he ganado!”, rugía el dragón con una voz inconfundible: era la de Nekot, el padre de Hamberg. Al parecer, al fin había encontrado su sentido animal tras conquistar la ciudad de Ëingard.
El dragón, bailando a pos del cielo, no pudo evitar ver a Azaharys asomando su hermoso rostro por la ventana. “¡Tu!”, rugió con furia al verla. Y la muchacha vio reflejado en sus ojos todo el odio que canalizaba hacia ella. Su temor a perderlo todo ante la incierta muerte de la bastarda, el odio que la secta le había infligido a esa clase de gente… La existencia de Azaharys suponía su ruina.
El dragón bajó en espiral hacia la carroza de su hijo, escupiendo llamas por la boca y lanzando destellos azules por los ojos. Iba a destruir a la indefensa joven…
De pronto, un segundo dragón azul fundió el techo de la carroza y se lanzó como un rayo hacia Nekot. Ambos dragones se estrellaron en un holocausto de fuego y colores; rojo contra azul, fuego contra agua. Una inmensa onda expansiva barrió el campo de batalla a la par que los dos dragones se precipitaban hacia el suelo. El rojo tenía la cabeza cortada, y el azul una inmensa perforación en el pecho. Ambos se habían asesinado mutuamente.
Azaharys, perdida entre la destrozada carroza, se libró de una destartalada rueda y corrió hacia el dragón azul. Este cayó con un ruido sordo y se quedó donde estaba, retorciéndose de dolor y recuperando paulatinamente su forma humana: era Hamberg.
El pirata intentó en vano ponerse en pie; más su magullado cuerpo le impidió mantenerse erguido. La muchacha se abalanzó sobre él con el rostro enaguado en lágrimas mientras observaba la horrenda herida que adornaba su pecho.
—Mi padre tenía el don de hipnotizar con sus maléficas palabras. Sin embargo, cuando me ordenó que te asesinara, no fui capaz de obedecer sus órdenes. Tal vez tu hermosa voz es más poderosa que sus mordaces palabras. No lo puedo saber. Lo único que sé es que salvarte a ti se ha convertido en mi sentido animal. Durante todos estos años, no he deseado más que tenerte de vuelta junto a mí. Lo único que deseo en el mundo es volver a oírte cantar una última vez. Solo quiero quedarme así… para siempre… oyendo tu música.
Azaharys se aproximó al órgano, el cual todavía se mantenía intacto, y cumplió los deseos de su amado. No supo cuanto tiempo estuvo tocando, ni cuan audible era su sonido. Solo supo que tocó como nunca antes lo había echo. Todos los soldados enemigos, ahora sin líder ni patria, liberaron a los presidiarios de Ëingard y abandonaron la asediada ciudad tras escuchar la sinfonía de Azaharys.
Los liberados ciudadanos, enternecidos por la música de la joven, emprendieron la reconstrucción de la ciudad. Ëingard, e merced de la balada de la joven, se estaba recuperando a una velocidad inaudita, de la misma forma que Hamberg había destruido al tiránico Nekot tras enamorarse de la voz de la joven…
Lo que a base de maldad había sido destruido, a base de bondad fue reconstruido. El duque Hamberg entonó una última sonrisa tras vaciar su cuerpo de toda existencia. Su último aliento de vida lo invirtió en darle un beso a la encantadora joven. Esta, contemplando cuan alta era la magnitud que su sinfonía había infligido en la moral de los habitantes de Ëingard, presenció como una luz envolvía su cuerpo e inundaba su alma…
Lo último que el pueblo de Ëingard contempló de la joven salvadora era un unicornio zarpando a través de los cielos, con una capa a modo de alas y un hermoso cántico emanando de su boca. La tierra por la que pasaba se tornaba fértil, próspera y pura. Los corazones ajenos se elevaban al escrutar tan cautivador sonido.
El sentido animal de Azaharys había sido cumplido.
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