martes 23 de marzo de 2010

De un abandono, dragones y Magia Selecta



Al atardecer, desde las Montañas Bordemar, el pueblo portuario de Quebos lucía como si la noche hubiera caído antes de tiempo. La niebla oscura cubría toda la costa y sus lenguas llegaban hasta las mismas faldas del cerro donde los pobladores se habían refugiado.

—¡Tupak! ¡Tupak! —llamaba Dhara, en medio de los llantos y la desolación. Buscaba a su empleador, el dueño de la taberna donde hasta hacía unas horas atrás fregaba trastos.

—Aquí estoy, muchacha —contestó el hombre, sentado en el suelo, agarrado fuertementa a un viejo cofre cerrado.

—¿Dónde está Eleka?... me dijeron que tú irías por él.

—Lo siento, Dhara. No alcancé a sacarlo del sótano. La niebla ya se estaba volviendo demasiado espesa y no me quedó más remedio que correr.

—¡¿Cómo que “no me quedó más remedio”?! —dijo, enfadada—. Pero… sí tuviste tiempo de sacar tu cofre de dineros, ¿no?

—¡Ay, muchacha! Esto es necesario para comenzar de nuevo; y Eleka…bueno, tú sabes: come, duerme y balbucea cosas sin sentido. De todos modos, él no iba a encontrar un lugar en este mundo y si lo traía conmigo, sería sólo un estorbo.

—¡Un estorbo! ¡Pero si sólo es un niño de cinco años! —exclamó Dhara, largando un llanto de rabia, de impotencia, de tristeza… Ella había encontrado a Eleka hacía cuatro años atrás, en un extraño bote varado en la playa. Tupak lo había acogido, tal como lo había hecho con ella cuando era una niña, y le había dado techo y comida. Sin embargo, al ir creciendo, todos notaron que Eleka presentaba un extraño cuadro de enfermedad mental, y Tupak había permitido que se quedara bajo su techo sólo porque Dhara se lo había implorado.

Ella tenía una insólita conexión con Eleka, tenía el talento para entenderlo, para saber lo que él necesitaba y para leer su corazón. Tan sólo el hecho de pensar que Eleka había quedado atrapado en la niebla oscura, la llenaba de pavor. A esas alturas, ya habría vaciado los intestinos sufriendo fuertes cólicos abdominales; y pronto, tal vez, comenzarían las visiones de todos sus miedos y pesares. Pero lo más desastroso de todo aquello: antes de la salida del sol, perdería la vida en una crisis de angustia y desesperación. Tales eran los efectos que la niebla oscura provocaba.

—¡Atención! —gritó Gipak, el viejo más viejo del despojado pueblo—. Ha llegado la hora de partir. Caminaremos hacia el oeste, hacia la capital. Allí tendremos que encontrar una forma de sobrevivir —dijo, con su voz rasposa y poco clara.

—¡Un momento! ¡¿No van a hacer nada por Eleka?! —habló Dhara con desesperación ante el grupo. Todos la miraron con rostros taciturnos y muecas de desprecio.

—Muchacha, todos estamos afectados por la perdida de nuestros bienes y… ¡tú reclamas por un niño trastornado? ¿Qué tienes en la cabeza? —le dijo Gipak.

El grupo comenzó a desplazarse sendero arriba, para cruzar las montañas. Dhara se abrió pasó entre la gente hasta alcanzar a Gipak.

—Gipak, yo no voy con ustedes —le dijo—. Voy a ayudar a Eleka.

—¿Y que piensas hacer?

—Voy a buscar a Gûrthang, el dragón —le dijo con decisión.

—¡Estás loca!… perderás la vida con Gûrthang, que, por cierto, está más loco que tú.

—¡Tienes que ayudarme! ¡Dime las palabras mágicas para llamarlo!...por favor.

El viejo miró a Dhara y vio su desesperación. Creía en verdad que revelarle el secreto significaba enviarla a su muerte; sin embargo, sabía que ella no cesaría hasta conseguir su objetivo.

—Kimbark Talak —le dijo al oído, y continuó la marcha.

Dhara echó a correr hacia el norte por el difícil camino de las montañas, y mucho después que cayera la noche llegó a la quebrada Azul, donde los rumores decían que Gûrthang tenía su cubil. Si las palabras eran las correctas, a Gûrthang no le quedaba más remedio que escucharla. Sólo esperaba que el viejo dragón no hubiese muerto. Comenzó a gritar a todo pulmón:

—¡Kimbark Talak! ¡Kimbark Talak!

Gran parte de la noche transcurrió y la luna se asomó temerosa, robando reflejos de plata a las aguas susurrantes del río Nimbo e iluminando el Salto Azul, la alta cascada que caía desde los grandes peñascos del monte. El cansancio se había apoderado de Dhara, que con tristeza se había dejado caer de rodillas en el suelo.

—Kimbark Talak…¡Eleka! —susurró entre lágrimas.

Pero en ese momento, cuando perdía las esperanzas, una gran sombra cubrió la luz de la luna y un viento tibio le revolvió la larga melena castaña. Miró hacia arriba y se sobrecogió con el gran tamaño de la bestia. Sólo alcanzó a ver una inmensa garra que la asió con fuerza y el corazón casi se le detuvo del impacto. Luego, descubrió que no estaba muerta, que volaba a metros del Salto Azul y ascendía rápido, sintiendo el salpicar del agua fría en su rostro. Al llegar a lo alto, entraron por una gran boca oscura que había entre las rocas.

Dhara se puso de pie. En medio de la oscuridad una gran llamarada surgió; gracias a ella, varias antorchas iluminaron la gran caverna y las escamas cobrizas de Gûrthang resplandecieron, haciendo lucir su panza mucho más amarilla de lo que en realidad era. El dragón extendió sus alas en un gran estiramiento y, luego, de su hocico emanó un flojo estruendo que en realidad era un bostezo. Caminó hasta un cerro de joyas, bisuterías y cachivaches relucientes, y se echó sobre ellos. Luego agachó la cabeza para mirar a Dhara con desconfianza y curiosidad.

—¿Y tú? ¿Quién eres? ¿Qué quieres? —preguntó despectivo.

Dhara intentó sacar toda su voz, pero tan cerca de la bestia y en esa gran caverna, le pareció pequeña y sin personalidad.

—Soy Dhara —le dijo—, he venido a solicitar tus servicios.

—¡Hay pequeña! Hace mucho tiempo que yo prometí no servir a nadie más —respondió el dragón con mofa, acomodándose a dormir.

—Alguna vez fuiste el rey de los Tihanan, jerarca de la Orden de la Magia Selecta…yo he dicho las palabras secretas. Estás obligado a escucharme.

—¡Qué Orden ni que nada! ¡puaj! —dijo el dragón—. Una Orden necesita de varios miembros, ¿ves a alguien más por aquí? —preguntó mirando a lado y lado, y luego se acomodó para dormir.

—¡Tú juraste ante la Orden… me tienes que escuchar! —La voz de Dhara ahora sonó imperativa. El dragón abrió un dorado ojo y la miró guardando su sorpresa. Luego se enderezó, y Dhara, esta vez, no se amilanó.

—Está bien —dijo el dragón—. Luego de escucharte decidiré si he de comerte o lanzarte por la cascada.

Dhara relató a Gûrthang los hechos del atardecer recién pasado. Habló de la niebla oscura, habló del pueblo despojado que había marchado hacia la capital y habló sobre el abandono de Eleka.

—Así que Mikarbos, el nigromante autoproclamado emperador de Marva, ha decidido tomar otro pueblo sin consultar a su gente. Después que salga el sol llegará a tomar posesión de su nuevo puerto. ¡Que tipo tan repelente! —exclamó Gûrthang—. Y dime… ¿por qué quieres tú volver por el chico?, ¿de qué le sirve a Marva?

—¿A Marva?, pues… no creo que le sirva de algo; pero a mi si me sirve.

—¡Aha! ¡Entonces hay un interés personal! ¡Lo sabía! Que ingenuo fui…por un momento creí que eras diferente, pero eres igual que los otros —dijo, exhalando un vaho caliente que pareció un suspiro, y se echó nuevamente a dormir.

—¡Eh, no te duermas! —exclamó Dhara— ¡Prometiste escucharme!

—¡Ya lárgate y déjame dormir! —dijo Gûrthang con voz áspera.

—¡Con razón todos dicen que estás loco! ¡Y que la Magia Selecta te ha abandonado! —le gritó. Gûrthang abrió los ojos con gran sorpresa.

—¿Eso dicen?... ¡insensatos, egoístas! —exclamó—. Utilizan las palabras de la Magia Selecta como si dijeran: “eh, dragón, me sé las palabras mágicas, me tienes que escuchar” —dijo en tono de burla, y continuó—: ¡No tienen idea del llamado sagrado que están haciendo! Luego, piden toda clase de estupideces: una quiere que el novio de la otra la ame a ella; otro, que el vecino le venda el negocio a buen precio…va… ¡loco estaría si me dedicara a esas sandeces! ¡Qué creen!, ¡¿qué la Magia Selecta es para ese tipo de cosas?!

—Yo sólo quiero que me ayudes a rescatar a Eleka porque lo amo, y él sabe amar también de forma incondicional —le dijo—. Él me necesita…no tiene a nadie más en la vida…aún es tiempo para salvarlo…por favor…

Las palabras de Dhara parecieron apaciguar la ira del dragón.

—¿Por qué viniste a pedir mi ayuda? —preguntó con más calma.

—Eres el único que puede ayudarme y…bueno… siempre me han gustado los dragones.

—¿En serio? ¿A pesar de todas las atrocidades que últimamente mi especie ha hecho?

—Es que antes no eran así —respondió Dhara.

—Es verdad…al menos los de mi casta, no éramos así —aseguró con nostalgia.

—¿Qué sucedió con tu Orden, Gûrthang? He oído rumores que, aluna vez, hace muchos años, fueron más de cien.

—Mikarbos nos ofreció toda clase de tentaciones y uno a uno, mis hermanos fueron cayendo en error; algunos de buena gana, como Perkobos; pero otros… otros fueron tristemente engañados; Sanya, mi amada, entre ellos —dijo con gran tristeza—. Cuando un dragón de la Orden de la Magia Selecta utiliza dicha magia para fines egoístas, propios o ajenos, queda automáticamente expulsado de la Orden, y la propia Magia Selecta, para protegerse a sí misma, se encarga de velar la mente del dragón…así, olvidan todo lo que alguna una vez aprendieron, todo lo que amaron y todo por lo que lucharon.

—Lo siento mucho. Tal vez, ahora yo me siento como tú, pues la gente con la cual crecí traicionó a Eleka, quizá no porque sean del todo malos, sino porque la tiranía de Mikarbos poco a poco ha ido haciendo mermar el amor y la compasión en Marva.

—Triste en verdad. Después de tanto sufrir, ya no nos quedan lágrimas; sólo nos queda la espera en silencio. —Dhara comprendió aquellas palabras y asintió.

—¿Tú que esperas? —le preguntó—. ¿Qué la pena pase?

—No lo sé con certeza…quizá que la esperanza vuelva. —Gûrthang movió la cabeza de lado a lado—. Si queremos salvar al chico tendremos que apresurarnos, el amanecer está cerca. —El rostro de Dhara se iluminó—. Primero, necesitamos algo… —El dragón hurgó entre sus tesoros y extrajo un dije de brillante gema azul—. Toma, usa este talismán. Te protegerá de los efectos de la niebla oscura.

Dhara se colgó el dije y rápidamente subió en el lomo del dragón, sujetándose a las duras escamas de su cuello. Pronto sobrevolaron el pueblo vacío. No había ningún movimiento alrededor, ni sobre el mar.

—¡La niebla! ¡Se ha retirado! —exclamó Dhara, notando que podía verlo todo.

—No pequeña, no se irá hasta que salga el sol. Es el dije… te permite ver a través de la niebla oscura, como si no existiera —explicó Gûrthang.

Luego de unas vueltas, Gûrthang se dispuso a descender en la plaza central; pero, súbitamente, desde lo alto, un gran cuerpo los atacó. Era un dragón de relucientes escamas negras y panza plateada. Del golpe, Gûrthang cayó de espalda sobre el empedrado y Dhara alcanzó a saltar antes de ser aplastada por el peso del dragón. La muchacha se puso muy rápido de pie y vio como el dragón negro le saltaba encima a Gûrthang, para sujetarle el cuello con una de sus garras.

—¡Tú, viejo indigno! ¿Qué haces aquí? Este caserío es ahora de mi señor, y yo soy su custodio —dijo, y le lanzó una gran llamarada, a lo que Gûrthang respondió con otra más intensa que la de su agresor, y los fuegos se encontraron. El dragón negro cedió y se elevó con energía, y el viento del batir de sus alas desprendió algunos tejados de alrededor.

—¡Gûrthang! —gritó Dhara, preocupada.

—¡Es Perkobos! Ve a buscar a Eleka, yo me encargo de esto.

Dhara corrió a toda prisa, hasta que sus pies pisaron el suelo de la taberna. Cruzó hasta una habitación que usaban como bodega. Con mucha prisa, abrió una puerta de madera en el suelo y bajó una escalerilla. El dije iluminaba el cuarto subterráneo. Allí, acurrucado en una cama, estaba Eleka. El pequeño levantó la cabeza y al ver a Dhara sonrió; al parecer, la niebla no lo había afectado en demasía.

—¡Eleka! —exclamó Dhara, y corrió a abrazar al niño. Luego de besarle la frente, tomó una manta y lo envolvió. Se lo echó a cuestas y subió. Salió a la plaza, vio en el cielo la lucha de los dragones y escuchó sus rugidos esparcidos por el viento. Perkobos se apreciaba más ágil y rápido que Gûrthang, que parecía cansado y errático. Sin embargo, el viejo dragón logró esquivar un par de veces los ataques de Perkobos y lo fue guiando lejos, hasta que la lucha se realizó sobre el mar. Dhara corrió hasta la playa con el niño en brazos y vio como la lid se volvía más descarnada.

Perkobos, en una fuerte arremetida, mordió a Gûrthang en el cuello; pero Gûrthang enterró sus garras en la panza de su otrora hermano, provocándole un intenso dolor. Juntos cayeron a las aguas de forma estrepitosa. Dhara corrió hacia atrás, para evitar las olas que tal hecho había provocado, y luego se quedó perpleja mirando el mar. Al cabo de algunos instantes, cómo una saeta que surge con fuerza desmedida, vio que Gûrthang salía del agua hacia el cielo, mientras el sol naciente le hacía brillar las escamas. Dhara dio un grito de alegría.

Después de un vuelo de triunfo, Gûrthang descendió suavemente cerca de ellos.

—Así que este es Eleka…dime, Dhara, ¿Por qué lo llamas así?

Dhara removió la camisa del pequeño y sacó una pequeña cadena con un pendiente que tenía grabados dos símbolos, correspondientes a las letras “L” y “K” y se las enseño al dragón.

—Cómo lo sospeché —dijo Gûrthang—; este es Luar Kalhiâs, heredero del imperio de Marva, hechizado por Mikarbos al morir su padre. Quisiste rescatarlo sin saber quien era en realidad… pues este chico es la esperanza que estaba esperando.

Gûrthang, ante una sorprendida Dhara, utilizó la Magia Selecta para deshacer el hechizo; y el niño, una vez libre, lo primero que hizo fue mirar a Dhara y pronunciar su nombre. Ella lo abrazó con fuerza y lloró de emoción.

—Arriba, pequeños —dijo Gûrthang; y Dhara subió en su lomo cargando a Eleka—. Buscaremos un buen refugio. Desde ahora, Dhara, te nombro su protectora, hasta el día en que logremos que su trono le sea devuelto. Y mientras, quizá te enseñe los secretos de la Magia Selecta, así ya seríamos dos para resucitar la Orden. —dijo el dragón, y el corazón de Dhara se hinchó de alegría y gratitud.

—¿Crees que haya forma de hacer que los dragones que fueron engañados recuperen su lugar en la Orden de la Magia Selecta? —preguntó Dhara.

—No lo sé, pero si la hay, la encontraremos —respondió Gûrthang y elevó el vuelo hacia el oriente.




0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada