lunes 22 de marzo de 2010

El guerrero y la náyade

Este relato fue escrito por Elora, compañera y amiga del foro de fantasía épica del que participo, para el reto de Mitología. Es un relato hermoso, lleno de poesía y belleza que no me resisto de publicar en mi blog! Un abrazo Elora!



El guerrero y la náyade

(por Paz Sánchez)




Caminaba despacio, con paso firme y decidido. Sus cabellos eran del color del atardecer y ondulados como las olas del mar. Tenía un corazón bondadoso, manos grandes y fuertes, cuerpo alto y robusto y una singular belleza, propia del hijo de una diosa. Absorto en sus pensamientos, con la mirada fría como las aguas de un manantial a primeras horas de la mañana, no mostraba ni un solo gesto que delatara la tempestad que estallaba en su interior.

Consciente de que cada paso que daba le acercaba un poco más a su tierra, a esa tierra que le vio nacer, donde vivió su niñez; y de la que se despidió aquella fría y gris mañana de otoño. Poco quedaba ya de aquel ingenuo muchacho: en el bolso unos pedazos de pan y una manta de color de las moras maduras; el corazón repleto de esperanzas e ilusiones y en su mente una extraña mezcla entre curiosidad y temor.

Llevaba ya varias jornadas de viaje, caminando de sol a sol y parando en escasas ocasiones, cuando a lo lejos vislumbró el bosque. Se detuvo un instante. Su corazón latía tan aprisa que pensó que en cualquier momento le estallaría.

La recién estrenada mañana era fría, las hojas de los árboles aún conservaban las gotas de lluvia de la noche anterior, propia de aquella época del año, que juguetonas hacían carreras, mientras se deslizaban a gran velocidad, hacia un destino incierto. Una extraña emoción le invadió en su interior; en ese mismo instante aligeró el paso, ansioso por llegar cuanto antes. Se preguntaba cómo lo encontraría todo.

A pesar del tiempo transcurrido, habían quedado grabados como a hierro cadente los gritos de los heridos y el olor a sangre, ese olor tan característico del campo de batalla. El recuerdo de los que cayeron hacía que una gran tristeza invadiera su interior. Él mismo había sentido muy de cerca el gélido aliento de la muerte, y agradecía al destino el haber podido escapar de sus garras.

El murmullo de las aguas del río al chocar con las rocas le rescató de sus pensamientos, mientras un fuerte deseo invadió su interior, apoderándose de sus sentidos. Nada había cambiado en el bosque: fresnos y manzanos, cedros y abedules y el lago; ese lago que fue testigo mudo de sus encuentros furtivos.

Recordó las innumerables leyendas que muchas veces había escuchado a los viejos del lugar. Muchos aseguraban haber oído en numerosas ocasiones las risas y los cantos de los seres que en él habitaban. Hablaban de sus espíritus: dríades, alséides y náyades; protectoras de la naturaleza que se encargaban de cuidar los bosques, flores, ríos y manantiales. Aunque éstas no solían entablar relación alguna con los humanos, alguna que otra vez las había visto corretear entre los árboles. El joven guerrero bien sabía de sus travesuras y crueldades; en varias ocasiones fue testigo de situaciones pintorescas, viendo huir despavoridos a muchos viajeros que, aterrados, cruzaban el bosque mientras las dríades reían a carcajadas ante semejante espectáculo.

Al adentrase en el bosque una comitiva de alséides, dríades y hamadríades le recibió.

—Te esperábamos —dijo una de ellas. Conocían el regreso del joven, pues poseían el don de la adivinación.

Las ninfas le contaron que a duras penas pudieron proteger los árboles y las flores que allí vivían; y que a pesar de sus esfuerzos, muchos fueron los que murieron.

Cuando el joven guerrero regresó a su tierra no encontró ni la más mínima señal de vida; todo eran ruinas, cenizas y desolación. Mirando al cielo, lleno de ira, lanzó un grito que estremeció a los mismísimos habitantes de las entrañas de la tierra. Abatido, triste y desolado, cayó de rodillas al suelo y lloró como un niño hasta que terminó exhausto.

En el mismo lugar donde cayeron sus lágrimas brotó un manantial de aguas puras y cristalinas de inmenso poder curativo; y de sus aguas emergió la criatura más bella que jamás habían visto sus ojos: elegante y majestuosa, resplandecía con una luz dorada como los rayos del sol. Sus cabellos eran negros como una noche sin estrellas y sus ojos del color del mar, brillaban radiantes con destellos violetas; una corona de jazmines y hojas entrelazadas de un color verde oscuro, eran sus únicas vestiduras.

Ante sus ojos se hallaba el espíritu protector del lago: una preciosa náyade, y desde ese mismo instante la dueña de sus sueños.

—Ven, acércate —dijo, mientras invitaba con un gesto de sus manos al guerrero a adentrarse a las aguas. Sus palabras llegaban a los oídos del joven como un murmullo que lo envolvía todo; poseían un extraño poder que le hipnotizaba y que le dejaba irremediablemente sin voluntad y preso de sus caprichos.

La náyade limpió las lágrimas del rostro del joven; y éstas en sus manos se transformaron en preciosos diamantes, que al contacto con la luz del sol emitían maravillosos destellos. Estos destellos pudieron verse en muchos lugares del alrededor, con el consecuente asombro de las gentes que se preguntaban qué extraño acontecimiento estaba sucediendo en el bosque.
A partir de ese momento, el joven vivió en el bosque el resto de su vida entre dríades y alséides. Juró amor eterno a la náyade, y ni la muerte, ya convertido en anciano, pudo a partir de ese momento separarlos. Su espíritu en forma de sauce echó raíces en la orilla del manantial y allí permaneció por siempre.

Al atardecer, se solía escuchar el canto de la ninfa mientras el joven agradecía al destino, que quiso que un día se encontraran; y que desde ese mismo instante, cada minuto de su vida, cada pensamiento, su corazón y hasta el aire que respiraba le pertenecieran.

2 comentarios:

  1. es precioso como el alma de paz !magnifico!

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  2. Siiii! ella escribe muy bonito :)
    Gracias anónimo!

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