sábado 29 de agosto de 2009

Cuento: El Canto de Estîvanys



            Hubo un tiempo en que la magia del Bosque Grande de Eduîn cesó. Fue un amanecer, después de una noche sin luna, en que muchos de los espíritus guardianes de la naturaleza no despertaron, pues la reina hada Aîsbell había desaparecido; y junto con ella, también lo había hecho la fuente del poder del bosque. Así, el rey Harom pudo comenzar la tala de árboles y las profundas excavaciones para ir en busca de los yacimientos de oro que los oráculos de Khulwîn indicaban. Aquel mismo día, Danê, la recolectora de hierbas y flores, supo que estaba encinta, que tendría una niña a la cual llamaría Estîvanys.
Danê jamás imaginó que su hija nacería tan prematura. Sólo llevaba seis meses con la criatura dentro del cuerpo cuando el proceso de parto comenzó: en medio de gritos desgarradores, en una noche de luna nueva, dio a luz a Estîvanys; tan pequeña y frágil como una mariposa que recién sale de la crisálida, pero con tanta luz que la habitación se iluminó por completo.
Cuando su esposo, Verom, vio el resplandor por el rabillo de la puerta, se precipitó y entró en el cuarto. La luz ya se había apagado y la comadrona estaba encogida en un rincón del dormitorio, con su visión irremediablemente dañada. Ahogada por el espanto, la mujer huyó a tientas del lugar gritando que aquello era obra de los mil demonios.
La madre, en medio de su debilidad, tomó a la criatura y la contempló maravillada: estaba completa y bien formada, con los ojos abiertos y celestes,  brillantes como las luces del cielo. Rápidamente, pidió a su esposo que le acercara la navaja, el agua tibia, las mantas y el hilo de cáñamo para liberar a la niña del lazo de su vientre.  
            No acababa de envolver a la pequeña y arrullarla junto a su pecho cuando Akuir, el hechicero del rey, llegó a la morada. Ostentando su túnica color bermejo bordada en oro y su báculo de poder, venía acompañado de dos soldados a modo de escolta. Entró en el cuarto con gran arrogancia y se acercó al lecho donde yacía la madre y la hija. Sin pedir autorización, abrió las mantas que cubrían a la recién nacida y la examinó minuciosamente.
            —Se ve normal —dijo a Verom—. No recibirás la paga convenida hasta que muestre evidencia de sus dones y quede claro que el rey Harom es su padre. Mientras, vendré a menudo y traeré algo de dinero por la crianza del engendro. —Sin más que decir, se retiró.
Durante los primeros años de vida de la niña, Akuir volvió varias veces esperando encontrar lo que buscaba. Sin embargo, su interés no era satisfecho y sus visitas comenzaron a distanciarse, hasta que ya no regresó. Verom, entonces, se envenenó de rabia por haber recibido nada más que unas míseras monedas en vez del dinero pactado.

Al cumplir Estîvanys los once años de edad, se había convertido en una niña hermosa y radiante, con los cabellos dorados y la voz clara como la de un ángel. Sin embargo, sufría el rechazo de la gente puesto que los rumores de las condiciones de su nacimiento nunca se olvidaron, y la mayoría en el pueblo le temía. Pero más allá de aquello, era el desprecio que Verom sentía hacia ella lo que más le entristecía el corazón.
Danê, para protegerla de las habladurías de la gente y de la hosca mirada de su esposo, no la enviaba a la escuela junto a sus pares ni la dejaba en casa; se la llevaba a los bosques a recolectar las hierbas y flores que después vendía a los mercaderes. No era tarea fácil, ya que a menudo se topaban con los peones del rey deambulando entre los árboles, buscando donde comenzar una nueva excavación; y eran hostigadas o perseguidas por ellos. Pero cuando encontraban paz y relajo en los claros del bosque, la niña parecía florecer entre los árboles, las hiedras y los arroyos danzantes. Allí, Estîvanys se sentía completamente feliz.
            —¿Quieres que cante una canción para prolongar la vida de las flores que cortas? —preguntó Estîvanys un día a su madre.
            Danê accedió risueña al juego de su hija y la escuchó cantar en un idioma desconocido; la melodía manaba pura de su boca, llenándolo todo de armonía y belleza. Transcurridos varios días, Danê se asombró de ver que las flores bañadas por el canto de la niña demoraban mucho más que las otras en marchitarse; con temor a la respuesta, preguntó a su hija dónde había aprendido aquella magia; y ella contestó:
—Fueron los árboles, mamá. Ellos me dijeron que si cantaba en el idioma de las hadas, poniendo en ello todo el sentimiento de mi corazón, mis deseos serían cumplidos.
—¿Qué más te han dicho los árboles, hija mía? —preguntó Danê, con decepción.
—Que están tristes porque sus custodios duermen sin poder defenderlos del daño de los hombres, y porque la fuente de la magia del bosque se ha perdido.
Entonces la madre se entristeció, porque esperaba que la verdadera esencia de Estîvanys nunca se revelara y, así, no apartaran a la niña de su lado. Ordenó a Estîvanys que no volviera a cantar ni hablar sobre las hadas y los espíritus del bosque, sobre todo frente a Verom. Pero sucedió que Danê enfermó gravemente y la vida comenzó a abandonarla. Estîvanys, angustiada, desobedeció; le cantó dulcemente para prolongar su existencia, sin darse cuenta que Verom estaba allí, escondido tras la puerta. Pero el canto de Estîvanys sólo alargaba los días, mas no quitaba el sufrimiento del cuerpo de su madre. Por ello, Danê habló a su hija:
            —Grande es tu magia, pequeña mía. Sin embargo, no existe poder alguno que pueda evitar lo inevitable. No prolongues más mi sufrimiento. Déjame partir.
            Estîvanys lloró toda la mañana abrazada a su madre, hasta que Danê se movió para sacar del cajón de su velador un pequeño relicario de oro, pendido en una fina cadena.
            —Hija de mi corazón —le dijo—, te contaré ahora cómo fue tu concepción:
            »Una noche, seis meses antes de que tú nacieras, tres luces me despertaron. Las vi alrededor de mi cama como esferas levitando, pero, poco a poco, se transformaron en tres hermosas mujeres que destellaban luz todo alrededor. Se presentaron como las damas de honor de Aîsbell, la reina hada del bosque, quien me pedía que recibiera a su hija y la cuidara, porque era la única esperanza de que la fuente de la magia del bosque algún día regresara. Entonces yo accedí, y ellas pusieron en mi vientre una luz, tan tibia como los rayos del sol en la mañana. «La llamarás Estîvanys», me dijeron. Y una de ellas puso en mi mano esta joya y me pidió que te la entregara cuando fueras mayor.
            —¿Pero cómo puedo yo devolver la fuente de la magia al bosque? —le preguntó Estîvanys con los ojos empapados.
            —Tal vez en su momento lo sabrás, querida —respondió Danê, y le entregó la joya.
            Estîvanys contempló el dorado colgante, lo tomó con suavidad y lo abrió. Dentro estaba vacío, pero una bella melodía como de gotas de rocío brotó mágicamente. La niña experimentó un sentimiento nostálgico más allá de su comprensión, que pareció fortalecer su alma. Cerró el relicario y lo colgó de su cuello; y ya con los ojos sin lágrimas, cantó a su madre una canción de amor y gratitud, deseándole descanso y luz en su paso al mundo invisible. Así, Danê cerró los ojos y partió, llevándose el balsámico sonido de la voz de su hija en su corazón.           
            Horas después de la muerte de Danê, Akuir apareció acompañado de una gran escolta. Sin ningún miramiento, Verom le entregó a la niña y al fin se regocijó en su recompensa. Estîvanys dejó así la morada en que nació, sin aprehensión ni descontento, pues nada había ahí que la retuviera.
Luego de algunas horas de cabalgata, antes del atardecer, llegó al ostentoso castillo del rey Harom; allí la recibieron bien, con agasajos y halagos que a ella le parecieron incómodos. La ubicaron en bellos aposentos adornados con guirnaldas de flores, le dieron finos vestidos y la llamaron princesa. Algunos días pasaron antes de que el rey en persona fuese a visitarla. Ella estaba sentada al lado de la ventana, mirando hacia los bosques con melancolía.
            —Realmente eres más bella de lo que me habían dicho, hija mía. —Su ronca voz resonó potente y altiva por la estancia. El hombre era alto y de estampa fuerte y llevaba con orgullo su corona. Estîvanys se puso de pie y lo miró sin temor.
            —¿Hija mía?... ¿Por qué dices ser mi padre? —preguntó con seriedad.
            Entonces, Harom se sentó cerca de ella y comenzó a relatarle la historia de cómo él había conocido a una bella mujer de la cual se había enamorado profundamente; fruto del amor entre ellos habían concebido un hijo. Mas cuando aquello sucedió, la dama había revelado su identidad, diciendo que era Aîsbell, la reina hada del bosque, y que el amor que ella había sentido por él había sido el simple antojo de ahogar su curiosidad sobre la forma de amar de los humanos, y que volvería a su mundo llevándose a la criatura en su vientre, simplemente porque era su deseo, pues las hadas eran caprichosas.
Harom le contó a Estîvanys que él se opuso a ello, pero nada pudo hacer, ya que Aîsbell tenía el poder suficiente para desaparecer en los bosques. Al transcurrir un tiempo de la huida de Aîsbell, él había entrado en desesperación y decidió consultar a los oráculos de Khulwîn, los que le informaron que el hada se había desentendido del embarazo, regalando el espíritu venidero a una campesina. Por ello, había decidido ofrecer una gran recompensa para aquel que diera noticias de alguna mujer en extraña preñez.
Así, Verom había llegado hasta ellos, contando cómo había sido la inusual concepción del hijo que esperaba su esposa, Danê. Mas él no se había fiado de Verom, pues mucha gente mentía para recibir un buen pago. Le explicó a Estîvanys que él nunca estuvo seguro de que ella fuera su hija, hasta que Akuir le confirmó que tenía un poder innato al cantar.
            —Perdóname, hija, si no fui personalmente a buscarte; pues las tareas de un rey son inmensas —le dijo.
            Estîvanys escuchó con atención y algo de inseguridad aquella historia, pero con el tiempo el rey se fue ganando su afecto y su confianza, pues se mostraba amable y dadivoso con ella. Le puso los mejores maestros de protocolo, equitación y artes, y le pidió a Akuir que se encargara personalmente de orientarla en sus dones.  
Sin embargo, al ir transcurriendo el tiempo, la niña se fue entristeciendo; y se preguntaba si su verdadera madre, el hada, alguna vez la había amado. Tomaba el relicario que llevaba colgado en su cuello y escuchaba con nostalgia aquella música, extrañando a Danê y recordando la historia que ella le había contado sobre su concepción y lo que le había dicho sobre devolver la fuente de la magia al bosque.
—¿Padre, porqué crees tú que la magia del bosque se perdió? —preguntó a Harom, en el día de su cumpleaños número doce.
El rey la miró inquieto, y le respondió que, probablemente, Aîsbell y sus vasallos se alejaron también por capricho. Mas, Estîvanys, le dijo:
—El bosque sin magia es triste, ¿crees que sería bueno que la magia retornara?
—¿Hija, para que deseas que la magia del Bosque Grande retorne? —le preguntó—.  ¿No ves que criaturas terribles como tu madre despertarían? ¿Quieres que otros sufran como yo?
—No padre, no quiero eso —respondió.
El ánimo de Estîvanys no mejoró con el paso del tiempo; incluso, Akuir debió informar al rey que el canto de la niña había perdido poder a causa de su tristeza. Debido a ello Harom se preocupó sobre manera y acudió hasta ella.
—Hija, veo que estás muy triste. ¿Qué puedo hacer por ti para verte feliz?
Los ojos de Estîvanys se iluminaron.
—Detén las talas en los bosques —pidió ella inmediatamente.
—Hija, cualquier cosa menos eso… la mantención del reino y el cuidado del pueblo dependen de la riqueza que obtenemos con el oro y la madera. ¿Hay otra cosa que te de felicidad y esté en mis manos darte?
La niña miró profundo en los ojos de Harom y pidió:
—Permíteme entonces ir a pasear a los bosques. —El rey lo pensó unos instantes.
—Está bien —le dijo—, pero no al Bosque Grande de Eduîn.
—¿Por qué no?
—Podría ser peligroso. Si alguna criatura quedara despierta, podría embaucarte; y más aún sabiendo que eres la hija de un hada poderosa —explicó con dulzura.
—¡Pero los árboles del Bosque Grande son mis amigos! —replicó Estîvanys.
—¡He dicho que no! —exclamó con mayor autoridad; y luego, suavizando el tono de voz, agrego—: Entiende que es por tu protección. Podrás ir a los bosques del noroeste, los que están en la frontera con el reino de Ivannon. Akuir te acompañará; irás una vez cada tres meses, y tus expediciones se extenderán por no más de tres días. Te agradará conocer esos bosques, hija mía.
Estîvanys asintió y muy pronto comenzaron sus paseos trimestrales. A pesar de que los bosques del noroeste eran diferentes del Bosque Grande, Estîvanys se sentía fascinada de conocer árboles y flores que nunca antes había visto. Y, si bien su felicidad no era completa, algo de alegría retornó a su rostro; aunque hubiese preferido que Akuir no estuviera cerca de ella, pues el hechicero no le permitía cantar ni conversar con las criaturas de la naturaleza y siempre estaba vigilándola como un fiero perro guardián.
Un día en su tercer paseo, presa de un gran sueño, Akuir se instaló bajo un cedro a dormir una siesta; y mientras eso sucedía Estîvanys vio cómo una pequeña luz se asomaba por entre las hojas de un viejo roble. Instigada por un deseo profundo, fue tras la luminosa esfera. Pero ésta se alejaba cada vez más, hasta que la niña se internó demasiado en la fronda y se perdió. La luz ya no volvió a aparecer.
Ella no sintió miedo, al contrario, se maravilló con cada cosa que descubrió: un arrollo que susurraba historias de filodendros, un sauce que reía por las cosquillas que las ardillas le producían, y hojas que danzaban al compás del viento. Poseída por un sentimiento de libertad, comenzó a danzar junto con las hojas y se sintió parte del bosque; pero, en uno de sus tantos giros, algo insólito la detuvo. Ante ella, se encontró con un muchacho de cabellos oscuros, tez blanca y ojos azules y relucientes como zafiros, que la miraba maravillado. Detuvo su danza al instante y  se observaron durante unos momentos; luego el muchacho preguntó:
—¿Eres una ninfa de los bosques?
—Me llamo Estîvanys, ¿y tú?
—Mi nombre es Kalham… no has respondido a mi pregunta.
—No, no soy una ninfa, soy una recolectora de flores y… me extravié en el bosque. Akuir, mi tutor, debe estar buscándome.
—¡Qué coincidencia! —exclamó el muchacho.
—¿También eres un recolector de flores? —preguntó ella con una mirada sospechosa.
—¡Jaja! ¡Cómo crees! —respondió Kalham, divertido—. Me refiero a que yo también me extravié hace bastante rato ya. Mi maestro de rastreo ya debería haber dado conmigo.  Aún no soy un experto, pero, si tú quieres, te puedo ayudar a buscar tu propio rastro para que regreses hasta tu campamento.
—Si no puedes encontrar el tuyo, ¿cómo vas a ayudarme con el mío? —preguntó Estîvanys, riendo.
Kalham pasó una mano por su nuca y arrugó la nariz…
—Ven, vamos a buscar algunos frutos para comer —invitó ella.
Los dos muchachos se entretuvieron recolectando nueces y charlaron divertidos como si se hubieran conocido de siempre. La tarde se esfumó con rapidez y la noche cayó demasiado rápido. Finalmente, el sueño los venció entre las raíces del sauce, y durmieron cobijados a los pies del noble árbol.   

            Al día siguiente, la voz de Akuir despertó a Estîvanys con sobresalto.
—¡Al fin te encuentro, muchacha! —dijo con aspereza, y sus ojeras parecieron oscurecerse más alrededor de sus ojos—. Hemos estado toda la noche buscándote.
Estîvanys se levantó con ligereza y miró inquieta a su alrededor, pero su amigo no estaba.
—¿Dónde está?, ¿adónde se fue?
—¿De qué hablas, criatura?
—Dónde está Kalham, el muchacho que estaba conmigo.
—Aquí no había nadie más… De seguro fue simplemente un sueño… La excursión ha terminado. Regresamos inmediatamente al castillo y veremos si tu padre querrá que vuelvas a salir después del susto que nos has hecho pasar.
Después de aquella aventura, las expediciones de Estîvanys quedaron suspendidas. Sin embargo, luego que pasara el invierno, gracias a los insistentes y dulces ruegos de ella, el rey accedió a que los paseos fueran reanudados. Muchas veces volvió Estîvanys a aquellos bosques con la esperanza de encontrar a Kalham otra vez. Más no fue cosa del destino, o de las hadas, que se volvieran a ver.  

 Tensos pasaron los siguientes años, pues los rumores de una inminente guerra con Ivannon se escuchaban estrepitosos por doquier. Los paseos de Estîvanys se suspendieron otra vez y todo el reino se sumió en la incertidumbre. Sin embargo, poco importaban a Estîvanys los fines que movían al reino a la guerra y pasaba pegada a la ventana, mirando a lo lejos los bosques que cada día parecían encogerse ante la extracción del oro.
Al llegar el otoño, en el año dieciséis de la vida de Estîvanys, la guerra con Ivannon finalmente estalló; y los ejércitos de Eduîn avanzaron hacia un futuro incierto, siguiendo las órdenes de Harom para defender al reino.
Más en las villas y poblados de Eduîn no habían señales de las hostilidades; y todos decían que se debía a la pericia del rey, que mantenía a los enemigos lejos para proteger a su gente. Después de transcurrido el invierno, el rey regresó apremiado a hacerle una importante solicitud a su hija.
            —Nunca te he pedido que utilices tus poderes a mi beneficio —le dijo seriamente—, pero esta guerra se ha vuelto peligrosa, y mucha gente ya ha muerto. Los ejércitos de nuestro enemigo, el terrible rey Inmaros, amenazan ahora con la invasión. Ya no podemos resistir a su tiranía. Hija, necesito tu ayuda. Ven conmigo a la guerra y canta para nuestra victoria.
            Estîvanys quedó muda durante todo el día. Y luego de pensarlo mucho, fue hasta su padre y le respondió:     
            —Padre, haré lo que me pides sólo si prometes detener la tala de los bosques y dejarlos en paz.    
            Entonces Harom rió con ganas, y accedió con un brillo desmedido en los ojos.

Así, al día siguiente, montada en la grupa del caballo de su padre, la princesa de Eduîn partió a la guerra. Sólo tres días demoraron en trasponer los límites del reino y entrar en Ivannon. Fueron avanzando por villas y poblados, y Estîvanys contempló horrorizada el destrozo y la desolación de la guerra: ruinas, enfermedad y muerte; y entre medio, los estandartes de su padre izados con orgullo.
—Padre, no veo ejércitos que pretendan invadir a Eduîn, sólo nuestro blasón por todos lados —habló confundida.
—No te engañes hija. La fuera de Inmaros está replegada en la ciudad de Theos, desde allí planean el ataque. Hacia allá nos dirigimos.
En aquel atardecer, bajo un cielo de nubes púrpuras y anaranjadas, llegaron a las colinas que bordeaban Theos. Allí, ante unos grandes portales de madera y hierro, estaba apostado el ejercito enemigo, instalado en tiendas de campaña, parapetando a la ciudad.
            —Padre, estos hombres no parecen ser una gran amenaza —le dijo Estîvanys al rey—. Sólo protegen su ciudad.
            —Hija, no seas ingenua. Esos hombres son despiadados. Han matado a muchos de nuestros soldados y su interés es subyugarnos. ¡Canta ahora, mi amada! ¡Canta para nuestra victoria! —vociferó Harom, dirigiendo a sus hombres para iniciar la contienda; y Estîvanys comenzó a cantar.
            Inesperado fue aquel asalto para los soldados de Inmaros, que al ver la caballería y la avalancha de soldados enemigos acercándose, apenas alcanzaron a formar filas para responder a la afrenta. La batalla comenzó de forma descarnada, porque un peso extraño se apoderó del sorprendido ejército, mientras un dulce y extraño canto traído por el viento se esparcía por doquier; y los soldados, al escuchar, soltaban las espadas y les costaba moverse.
Mas el canto daba fuerza y vitalidad a los hombres de Harom. Pero Estîvanys, que cantaba sola sobre la colina, contempló cómo se sucedía aquella masacre y dejó de cantar.
El ejército de Inmaros rápidamente recuperó su brío; y Harom, al notar que la magia había culminado, miró hacia donde su hija estaba de pie. Sorpresivamente abandonó la lid y cabalgó hacia ella. Al detenerse a pocos metros de Estîvanys, le exigió que reanudara su magia; sin embargo, la princesa de Eduîn se negó, argumentando que aquello era una injusticia. Con buenas palabras, en un principio, Harom intentó persuadirla, pero el rostro de Estîvanys estaba lleno de desilusión y no mejoró al ver que su padre se enfurecía con su negativa. Allí fue cuando el rey de Eduîn comenzó a mostrar sus verdaderas motivaciones, pues su rabia y ambición se desbordaron en ira.
              —¡Canta ya! ¡Es tu padre, el rey, quien lo ordena! —le dijo con el rostro desfigurado; mas ella volvió a negarse—. ¡Eres igual a tu madre, criatura endemoniada! —le habló con rudeza y desprecio—; eres incapaz de cumplir mis mandatos. ¡Ya que no me sirves, morirás! —Y reanudó su galope levantando la lanza contra su desilusionada hija. Pero en ese instante una fiera espada se interpuso deteniendo la estocada, salvando la vida de Estîvanys. Era el rey Inmaros, que había salido tras Harom para ajusticiarle. Lucharon allí con vehemencia hasta caer de los caballos. Luego continuaron el enfrentamiento en tierra.
Pero Harom era más fuerte y experimentado que su oponente: de un fuerte movimiento con su brazo derecho logró tumbar a Inmaros; y de una bestial estocada, hizo volar la dorada espada del rey de Ivannon, y ésta fue a caer a los pies de Estîvanys. Harom apoyó la punta de su espada en la garganta del rey.
            —Vaya, hace justo un mes maté a tu padre en esta misma posición. ¡Morirás igual que él, y tu adorado reino quedará al fin en mis manos! —le dijo extasiado.
             Estîvanys descubrió así que Harom era movido por la codicia y la ambición, y que ella era utilizada como la principal arma para conseguir sus fines. Con todo su corazón, la muchacha retomó el canto, pero ahora con el afán de detener a su padre. Harom sintió como todo su cuerpo languidecía hasta soltar la espada de su mano y caer al suelo adormecido. Inmaros se puso inmediatamente de pie y se detivp a contemplar como los últimos rayos del sol, en aquel naranjo atardecer, le bañaban el rostro a Estîvanys mientras cantaba, se quedó paralizado admirándola.
Estîvanys, sin dejar de cantar, recogió la espada que yacía a sus pies y se la extendió a Ivannon, pero la ver la actitud pasiva del rey, que no dejaba de mirarla, se turbó y dejó de cantar. Entonces, Inmaros se quitó el yelmo. Allí Estîvanys vio los ojos de zafiro del gentil muchacho que tanto buscó en los bosques; era Kalham Inmaros, rey de Ivannon.
            —Has lo que tengas que hacer —le dijo Estîvanys seriamente, e Inmaros recibió la reluciente arma y le dio las gracias. Sin más, la princesa, mitad humana, mitad hada, montó el caballo de su padre y se alejó galopando a gran velocidad.
            Aquella fue la última vez que un humano cruzó palabra con Estîvanys, aunque algunos vieron su apresurada carrera de regreso a los bosques de Eduîn. La guerra acabó; al día siguiente, las talas de los árboles se vieron bruscamente interrumpidas, pues de alguna forma los guardianes de la naturaleza despertaron y los elementos se hicieron sentir, destruyendo con fuego, con agua o viento los establecimientos de extracción de oro.
            Luego de algunos años, Inmaros logró unificar ambos reinos bajo su bandera; aunque se cuenta que su juicio quedó un tanto trastocado, pues no pudo olvidarse de Estîvanys, ni del encanto de su voz inmaculada. Apresó a Akuir, de quién logró dilucidar parte de la historia de la muchacha, y de cómo Harom había logrado ganarse la confianza de Aîsbell para luego traicionarla, con el fin de conseguir el oro.
            No logrando tener paz, el rey de Ivannon muchas veces viajó a los bosques  con la esperanza de encontrarla. Una noche de luna llena, en uno de sus tantos viajes por los bosques, le pareció oír el canto de Estîvanys; y su corazón encontró paz, pero no felicidad.
            Algunos leñadores aún cuentan que el día en que la guerra acabó, Estîvanys se internó en los bosques, abrió el relicario y sobre la surgente melodía puso su voz. Los espíritus durmientes fueron despertando del letargo, y luego de encargarse de la protección del bosque la guiaron hasta lugares inaccesibles para el pie humano. Allí, en lo profundo de la floresta, encontró un estanque hechizado, cuya superficie había sido congelada por un nigromante contratado por Harom. Prisionera bajo la cubierta de hielo, permanecía su verdadera madre. Con el sonido de su voz, Estîvanys deshizo el maleficio; y con mucha alegría la reina hada Aîsbell emergió de las aguas. Largamente se contemplaron, pero nadie puede contar lo que se dijeron allí, pues sólo se hablaron a través de sus miradas. Mas algunos dicen haber escuchado el canto que juntas hicieron, y que fue una melodía de enorme pureza y amor la que resonó por doquier; y de esa forma, la fuente de la magia retornó a los bosques de Eduîn. 

4 comentarios:

  1. Hola paso a saludar y a darte las gracias por seguirme...
    Con tu permiso te he elazado a mi blog...
    Saludos.

    ResponderSuprimir
  2. Hola Virginia! :) Muy bienvenida a mi mundo y gracias a tí por seguirme y enlazarme.
    Un besote!

    ResponderSuprimir
  3. que linda historia Mabel, me gustan las hadas, besus y saludos desde el profundo, misterioso y hermoso mundo del mar.

    ResponderSuprimir
  4. Muchás gracias, Macarena. Me alegra mucho que te hayas pasado por aquí y que te haya gustado el cuento!! Un abrazo. :)

    ResponderSuprimir