Dentro de una lágrima



El reino de Althia, dentro de una lágrima nació;
Un dios alado de infinita belleza la derramó.
Manó cristalina con la fuerza vital del albor,
y llevó en su naturaleza la esencia original del creador.

Blanco y orgulloso el palacio se erigió,
enredado a la montaña de eterno resplandor.
Sus torres competían con las cumbres nevadas,
pero sus cimientos tocaban lo profundo del dolor.

El calor de la lágrima quemó la mejilla al dios,
mientras una alfombra de vida se expandía en su interior:
De verdes y fuertes bosques, de mesetas y quebradas,
que acunaban el canto de las aguas plateadas.

Cuando la lágrima cayó al abismo,
la rebelión en el reino surgió.
Poderes y ambiciones en lid se mezclaron
La lealtad y el amor al final triunfaron.

Mientras la lágrima caía, innumerables años dentro se sucedían,
Y en la cuenta de aquel tiempo, el reino la cima alcanzó.
Gloriosa, inmaculada y en perfección,
la esencia del creador en totalidad se manifestó.

Más un instante, sólo fue para el dios,
Pues al caer la lágrima, hasta el suelo llegó.
En poco más de un segundo, todo acabó.
Más la contemplación, al corazón del dios sació.

Nuevo Blog

Amigos:

He creado un nuevo blog para mi novela y todo lo relacionado con la Tierra de Dos Lunas, pues creo que se merecía un espacio para ella sóla, jeje!
He decidido dejar de subir los capítulos en este blog, aunque podrán encontrar aquí también los enlaces. Por supuesto que continuaré por aquí también, escribiendo poemas, cuentos o pensamientos que surjan derrepente.
Espero puedan visitar esta nueva morada y bridarme sus comentarios.

http://tierradedoslunas.blogspot.com

Un abrazo a todos y gracias por seguirme!

Cuento: El Canto de Estîvanys

El Canto de Estîvanys


Hubo un tiempo en que la magia de los bosques del reino de Eduîn cesó. Fue un amanecer después de una noche sin luna, en que muchos de los grandes espíritus guardianes de la naturaleza no despertaron, pues la reina hada Aîsbell había desaparecido y, junto con ella, la fuente de la magia del bosque. Así, el rey Harom pudo comenzar la tala de árboles y las profundas excavaciones para ir en busca de los yacimientos de oro que los oráculos de Khulwîn indicaban. Aquel mismo día, Danê, recolectora de hierbas y flores, supo que estaba encinta, que tendría una niña a la cual llamaría Estîvanys.
Ella jamás imaginó que su hija nacería tan prematura, sólo llevaba seis meses con la criatura dentro de su cuerpo cuando el proceso de parto comenzó: en medio de sus gritos desgarradores, en una noche de luna nueva, dio a luz a Estîvanys; tan pequeña y frágil como una mariposa que recién sale de la crisálida, pero con tanta luz que la habitación se iluminó por completo. Cuando su esposo, Verom, vio el resplandor por el rabillo de la puerta, se precipitó y entró en el cuarto. La luz ya se había apagado y la comadrona estaba encogida en un rincón del dormitorio, con su visión irremediablemente dañada; ahogada del espanto, la mujer huyó a tientas del lugar, gritando que aquello era obra de los mil demonios. La madre, en medio de su debilidad, tomó a la criatura y la contempló maravillada: estaba completa y bien formada, con los ojos abiertos, celestes y brillantes como las luces del cielo. Rápidamente, pidió a su esposo que le acercara la navaja, el agua tibia, las mantas y el hilo de cáñamo para liberar a la niña del lazo de su vientre.
En ese instante, Akuir, emisario del rey, llegó a la morada. Entró en el cuarto con arrogancia, y se acercó al lecho donde yacía Danê junto a su hija. Sin pedir autorización, abrió las mantas que cubrían a la recién nacida y la examinó minuciosamente.
—Se ve normal —dijo a Verom—. No recibirás la paga convenida hasta que muestre evidencia de sus dones y quede claro que es hija del rey Harom. Mientras, vendré a menudo y traeré algo de dinero por la crianza del engendro. —Sin más que decir, se retiró.

Once años pasaron y Estîvanys crecía hermosa y radiante, con sus cabellos dorados y la voz dulce y clara como la de un ángel. Sin embargo, sufría el rechazo de la gente del pueblo, puesto que los rumores de las condiciones de su nacimiento nunca se olvidaron. Pero más allá de aquello, era el desprecio que Verom sentía hacia ella lo que más le entristecía el corazón. Danê, para protegerla de las habladurías del pueblo y de la hosca mirada de su esposo, no la enviaba a la escuela junto a los otros niños del pueblo, ni la dejaba en casa; se la llevaba a los bosques a recolectar las hierbas y flores que después vendía a los mercaderes. No era tarea fácil, pues a menudo se topaban con los peones del rey Harom, que deambulaban entre los árboles buscando donde comenzar una nueva excavación, y eran hostigadas o perseguidas por ellos. Pero cuando encontraban paz y relajo en los claros del bosque, la niña parecía florecer entre los árboles, las hiedras y los musgos, y los arroyos danzantes. Allí, Estîvanys se sentía completamente feliz.
—¿Quieres que cante una canción para prolongar la vida de las flores que cortas? —preguntó Estîvanys un día a su madre.
Danê accedió risueña al juego de su hija y la escuchó cantar en un idioma desconocido; la melodía manaba pura de su boca, llenándolo todo de armonía y belleza. Grande fue el asombro de Danê, cuando los días pasaron y las flores bañadas por el canto de la niña demoraban más que las otras en marchitarse. Preguntó entonces a su hija dónde había aprendido aquella magia; ella contestó que los árboles del bosque le habían dicho que si cantaba poniendo todo el sentimiento de su corazón, su canto sería poderoso y sus deseos se manifestarían.
—¿Qué más te han dicho los árboles, hija mía? —preguntó Danê, con preocupación.
—Que están tristes, porque la fuente de la magia del bosque aún no ha vuelto, y sus custodios duermen sin poder defenderlos del daño de los hombres.
Entonces la madre se entristeció, porque esperaba que la magia de Estîvanys nunca se revelara y, así, no arrancaran a la niña de su lado. Ordenó a Estîvanys que no volviera a cantar, sobre todo frente a Verom. Pero sucedió que Danê enfermó gravemente y la vida comenzó a abandonarla. Estîvanys, angustiada, desobedeció; le cantó dulcemente para prolongar su vida, sin darse cuenta que Verom estaba allí. Pero el canto de Estîvanys sólo alargaba los días, mas no quitaba el sufrimiento del cuerpo de su madre. Por ello, Danê habló a su hija:
—Grande es tu magia, pequeña mía. Sin embargo, no existe poder alguno que pueda evitar lo inevitable. No prolongues más mi sufrimiento. Déjame partir.
Estîvanys lloró toda la mañana abrazada a su madre, hasta que Danê se movió para sacar del cajón de su velador un pequeño relicario de oro, pendido en una fina cadena.
—Hija de mi corazón —le dijo—, te contaré ahora cómo fue tu concepción:
»Una noche, seis meses antes de que tú nacieras, tres luces me despertaron. Las vi alrededor de mi cama como esferas levitando, pero, poco a poco, se transformaron en tres hermosas mujeres que destellaban luz todo alrededor. Se presentaron como las damas de honor de Aîsbell, la reina hada del bosque, quien me pedía que recibiera a su hija y la cuidara, porque era la única esperanza de que la fuente de la magia del bosque algún día regresara. Entonces yo accedí, y ellas pusieron en mi vientre una luz, tan tibia como los rayos del sol en la mañana. “La llamarás Estîvanys”, me dijeron. Y una de ellas puso en mi mano esta joya y me pidió que te la entregara cuando fueras mayor.
—¿Pero cómo puedo yo devolver la fuente de la magia al bosque? —le preguntó Estîvanys con los ojos empapados.
—Tal vez en su momento lo sabrás, querida —respondió Danê, y le entregó la joya.
Estîvanys contempló el dorado colgante, lo tomó con suavidad y lo abrió. Dentro estaba vacío, pero una bella melodía como de gotas de rocío brotó mágicamente. La niña sintió un sentimiento profundo de inexplicable amor, cerró el relicario y lo colgó de su cuello; y ya con los ojos sin lágrimas, cantó a su madre una canción de amor y gratitud, deseándole descanso y luz en su paso al mundo invisible. Así, su madre cerró los ojos y partió, llevándose el balsámico sonido de la voz de su hija en su corazón.
Horas después de la muerte de Danê, Akuir llegó acompañado de una escolta. Verom le entregó a la niña, recibiendo el pago convenido.
Estîvanys dejó así la morada en que nació, sin aprensión ni descontento, pues nada había ahí que la retuviera. A la hora del atardecer, llegó al ostentoso castillo del rey Harom; allí la recibieron bien, con agasajos y halagos que a ella le parecieron fríos e incómodos. La ubicaron en bellos aposentos adornados con guirnaldas de flores, le dieron finos vestidos, y la llamaban princesa. Algunos días pasaron antes de que el rey en persona fuese a visitarla. Ella estaba sentada al lado de la ventana, mirando hacia los bosques con melancolía.
—Realmente eres más bella de lo que me habían dicho, hija mía. —Su ronca voz resonó potente y altiva por la estancia. El hombre era alto y de estampa fuerte y llevaba con orgullo su corona. Estîvanys se puso de pie y lo miró sin temor.
—¿Hija mía?... ¿Por qué dices ser mi padre? —preguntó ella.
Entonces, Harom se sentó cerca de ella y comenzó a relatarle la historia de cómo él había conocido a una bella mujer de la cual se había enamorado profundamente; fruto del amor entre ellos, habían concebido un hijo. Mas, cuando aquello sucedió, la dama había revelado su identidad, diciendo que era Aîsbell, la reina hada del bosque, y que el amor que ella había sentido por él había sido el simple antojo de ahogar su curiosidad sobre la forma de amar de los humanos, y que volvería a su mundo llevándose a la criatura en su vientre, simplemente porque era su deseo, pues las hadas eran caprichosas. Harom le contó a Estîvanys que él se opuso a ello, pero nada pudo hacer, ya que Aîsbell tenía el poder suficiente para ocultarse en los bosques. Al tiempo de la huida de Aîsbell, él había entrado en desesperación y decidió consultar a los oráculos de Khulwîn, los que le informaron que el hada se había desentendido del embarazo, regalando el espíritu venidero a una campesina. Por ello, había decidido ofrecer una gran recompensa para aquel que diera noticias de alguna mujer en extraña preñez. Así, Verom había llegado hasta ellos, contando cómo había sido la inusual concepción del hijo que esperaba su esposa, Danê. Mas él no se había fiado de Verom, pues mucha gente mentía para recibir un buen pago. Le explicó a Estîvanys que él nunca estuvo seguro de que ella era su hija, hasta que Akuir le confirmó que tenía un poder innato al cantar, hacía pocos días atrás.
—Perdona hija, si no fui personalmente a buscarte, pues las tareas de un rey son inmensas —le dijo.
Estîvanys escuchó con atención y algo de inseguridad aquella historia, pero con el tiempo el rey se fue ganando su afecto y su confianza, pues se mostraba amable y dadivoso con ella. Sin embargo, en ocasiones, la niña se entristecía; y se preguntaba si su verdadera madre, el hada, alguna vez la había amado. Tomaba el relicario que llevaba colgado en su cuello y escuchaba con nostalgia aquella música, extrañando a Danê y recordando la historia que ella le había contado sobre su concepción, y lo que le había dicho sobre devolver la fuente de la magia al bosque.
—¿Padre, porqué crees tú que la magia del bosque cesó? —preguntó un día a Harom.
El rey la miró inquieto, y le respondió que probablemente Aîsbell y sus vasallos se alejaron también por capricho. Mas, Estîvanys, le dijo:
—El bosque sin magia es triste, ¿crees que sería bueno que la magia retornara?
—¿Hija, para que deseas que la magia del bosque retorne? —le preguntó—. ¿No ves que criaturas terribles como tu madre despertarían? ¿Quieres que otros sufran como yo?
—No padre, no quiero eso —respondió. Sin embargo, ella veía por su ventana como las florestas iban disminuyendo por la tala excesiva, y eso le daba tristeza a su corazón, porque recordaba sus secretas conversaciones con los árboles. Muchas veces había pedido a su padre que detuviera las actividades en los bosques, pero él se había negado, alegando que la madera y el oro eran importantes para el sustento del reino.
Cuando ya se acercaba la primavera, en el año quince de la vida de Estîvanys, la guerra con Ivannon, el reino vecino, estalló; y los hombres avanzaron hacia un destino incierto, siguiendo las órdenes de Harom, para defender al reino. Pero en los hogares de Eduîn no habían señales de las hostilidades; todos decían que el ejército de Harom mantenía a raya a sus enemigos. Sin embargo, al cabo de unos meses, el rey regresó apremiado a hacerle una importante solicitud a su hija.
—Nunca te he pedido que utilices tus poderes a mi beneficio —le dijo seriamente—, pero esta guerra se ha vuelto peligrosa, y mucha gente ya ha muerto. Los ejércitos de nuestro enemigo, el terrible rey Inmaros, amenazan con la invasión. Hija, necesito tu ayuda. Ven conmigo a la guerra y canta para nuestra victoria.
Estîvanys quedó muda durante todo el día. Al anochecer, fue hasta su padre y le respondió:
—Padre, haré lo que me pides, sólo si prometes detener la tala de los bosques y dejarlos en paz.
Entonces Harom rió con ganas, y accedió con un brillo desmedido en los ojos.
Al día siguiente, montada en la grupa del caballo de su padre, Estîvanys, princesa de Eduîn, partió a la guerra. Cerca del atardecer, bajo un cielo de nubes débiles, traspusieron los límites de Eduîn y entraron en Ivannon. Avanzaron por las pampas hasta acercarse a la ciudad de Têos. Allí, ante unos grandes portales de madera y hierro, estaba apostado el ejercito enemigo, instalado en tiendas de campaña, parapetando a la ciudad.
—Padre, estos hombres no parecen ser una gran amenaza —le dijo Estîvanys al rey—. Sólo protegen su ciudad.
—Hija, no seas ingenua. Esos hombres son despiadados. Han matado a nuestra gente y su interés es subyugarnos. ¡Canta ahora, mi amada! ¡Canta para nuestra victoria! —vociferó Harom, dirigiendo a sus hombres para iniciar la contienda; y Estîvanys comenzó a cantar.
Inesperado fue aquel asalto para los soldados de Inmaros, que al ver la caballería y la avalancha de soldados enemigos acercándose, apenas alcanzaron a formar filas. La batalla comenzó de forma descarnada, porque un peso extraño se apoderó del sorprendido ejército, mientras un dulce y extraño canto traído por el viento se esparcía por doquier; y los soldados, al escuchar, soltaban las espadas y les costaba moverse. Mas el canto daba fuerza y vitalidad a los hombres de Harom. Pero Estîvanys, que cantaba sola sobre una colina cercana al campo de batalla, contempló cómo se sucedía aquella masacre y dejó de cantar.
El ejército de Inmaros rápidamente se recuperó; y Harom, al notar que la magia había culminado, miró hacia la colina, abandonó la lid y cabalgó hacia Estîvanys. Detuvo su andar a pocos metros de ella y le exigió que reanudara su magia; sin embargo, la princesa de Eduîn se negó, argumentando que aquello era una injusticia. Allí fue cuando Harom mostró sus verdaderas motivaciones, pues su rabia y su frustración se desbordaron.
—¡Canta ya! ¡Es tu padre, el rey, quien lo ordena! —le dijo con el rostro desfigurado; mas, Estîvanys volvió a negarse—. Eres igual a tu madre, criatura condenada —le habló con rudeza y desprecio—; incapaz de cumplir mis mandatos. ¡Ya que no me sirves, morirás! —Y reanudó su galope levantando la lanza contra su desilusionada hija; pero en ese instante, una fiera espada se interpuso deteniendo la estocada, salvando la vida de Estîvanys. Era el rey Inmaros, que había salido tras Harom para ajusticiarle. Lucharon allí con vehemencia, cayeron de los caballos y continuaron la contienda en tierra. Pero Harom era más fuerte y experimentado que su oponente: de un fuerte golpe logró tumbar a Inmaros; y de otra bestial estocada, hizo volar la dorada espada del rey de Ivannon, y ésta fue a caer a los pies de Estîvanys.
—¡Morirás igual que tu padre! ¡Y tu adorado reino quedará en mis manos! —le dijo Harom extasiado, mientras lo amenazaba con el filo de su espada sobre su pecho.
Estîvanys miró el rostro del rey Inmaros y vio que era apenas mayor que ella; en sus ojos, pudo leer nobleza y valor. Entonces, descubrió que Harom, era movido por la codicia y la ambición, y comprendió que ella era utilizada simplemente como el arma para conseguir sus fines.
Con todo su corazón, Estîvays retomó su canto, y Harom sintió como todo su cuerpo languidecía, hasta soltar la espada y caer al suelo adormecido. Inmaros se puso de pie y, maravillado, contempló a Estîvanys mientras los últimos rayos del sol, en aquel naranjo atardecer, le bañaban el rostro; la encontró bella y delicada, pero con tal enorme poder y luz que quedó embelesado. Estîvanys se turbó ante la mirada clara de Inmaros, pero luego, recogió la espada y se la acercó.
—Has lo que tengas que hacer —le dijo seriamente, e Inmaros le dio las gracias y recibió su reluciente arma. Sin más, Estîvanys montó el caballo de su padre y se alejó galopando a gran velocidad.
Así fue como Inmaros venció y liberó a ambos reinos de aquel tirano; mas fue el último ser humano que cruzó palabra con Estîvanys. Muchas veces él viajó a los bosques de Eduîn con la esperanza de encontrarla, pues había quedado profundamente prendado de sus ojos celestes y su voz inmaculada. Una noche de luna llena, en uno de sus tantos viajes por los bosques, le pareció oír el canto de Estîvanys; y su corazón encontró algo de paz, pero no felicidad.
Algunos leñadores cuentan que el día en que la guerra acabó, Estîvanys se internó en los bosques, abrió el relicario, y sobre la surgente melodía puso su voz. Los espíritus durmientes fueron despertando del letargo, y la guiaron hasta lugares inaccesibles para el pie humano. Allí, en lo profundo de la floresta, encontró un estanque hechizado, cuya superficie había sido congelada por un terrible nigromante contratado por Harom. Prisionera bajo la cubierta de hielo, permanecía su verdadera madre. Con el sonido de su voz, Estîvanys deshizo el maleficio; y con mucha alegría la reina hada Aîsbell emergió de las aguas. Largamente se contemplaron, pero nadie puede contar lo que se dijeron allí, pues sólo se hablaron a través de sus miradas. Mas algunos dicen haber escuchado el canto que juntas hicieron, y que fue una melodía de enorme pureza y amor la que resonó por doquier; y de esa forma, la fuente de la magia retornó a los bosques de Eduîn.

Premio Creatividad Literaria

Desde estos dos grandes talentos: Dúrilan y Jimmix, nos llega este maravilloso premio. Recomiendo altamente los mundos de estos dos Bohemios:

Gracias amigos!


Luz de Marfil


Sabes que hoy
contemple su mirar
Y su tristeza se quedo
flotando en mi soledad

Cada noche te elevas
al son de mi voz
eres magia que me hace
pedirte un favor

Luna te quiero
en sus noches sin fin
toca su alma
con tu luz de marfil

Y que te explique en silencio
todos sus secretos que quiere de mi
dile que acá su reflejo se ha vuelto
en la soga que me hace sentir

Hoy la razón
le hablo a mi corazón
le comentó que es absurdo soñar
con lo que no es real

Si esta es una locura
loco sea mi amor
si esto un día se muere
tal vez me muera yo


La luz que brilla como el sol


Yo Soy la luz que brilla dentro de ti,
Confía en los latidos de tu propio corazón.

Yo Soy la luz que habla en sentimientos,
Deja que el vacio sea reemplazado por mi amor.

Yo Soy la presencia que todo lo ordena,
la luz del zafiro que te da protección.

Yo Soy el faro que ilumina el camino,
sigue los pasos que te dicta tu interior.

Yo Soy el magnetismo del amor,
escucha mi llamado y dejate fluir.

Yo Soy la belleza de la creación,
mira tu propia belleza y sonrie con ilusión.

Yo Soy la luz que destella sanación,
entregame tus cuerpos para reestablecerlos en perfección.

Yo Soy los tesoros en el cielo,
al alcance de tu mano lo que necesitas te lo doy.

Yo Soy la espada de la libertad,
abraza la liviandad que te da el perdonar.


Yo Soy Azaharys,
la luz que brilla como el sol
Yo Soy Azaharys,
caudal de belleza y amor
Yo Soy Azaharys,
la hija de los Dioses de Venus
Yo Soy Azaharys,
flor brillante de bendición
Yo Soy Azaharys,
la que ilumina con su voz
Yo Soy Azaharys,
la joya en el loto de la compasión
Yo Soy Azaharys,
simplemente, lo que YO SOY

Premio Rarezas

Desde Cazador de Aires Bohemios, nos llega este singular premio.
Muchas gracias Dúrilan. Insisto: eres un ángel escritor talentoso!

Las reglas son:

1) Decir quien lo otorga y agradecérselo.
2) Decir 7 cosas raras sobre ti.
3) Otorgar el premio a otros 7 blogs.

Pues la primera regla ya está.
La segunda aquí va:
  • Me quedo pegada en el vacio y vivo otras vidas en mis pensamientos (Esto no significa que no ame esta vida, la adoro y la agradezco al universo!)
  • Puedo sentir, a menudo, lo que el otro siente.
  • Hablo con mis ángeles y mis guías de mundos superiores.
  • Puedo ver, a veces, los destellos de luz que emanan de las personas y en ocasiones, también las sombras.
  • Hablo con mis mascotas, mis plantas y un par de amigos peculiares (Esto no significa que no tenga amigos normales también, jeje!)
  • Por la noche, mientras duermo, sueño con aquellos que necesitan que los escuche.
  • Amo la vida, amo el universo y la creación, amo el día y la noche, amo la luna y el sol, amo los corazones latiendo, amo la luz.

Sobre la tercera regla:

Aquí comienza la lista:

Porchino D'oro

Sentite como en mi chacra